DUVIVIER Julien (1896-1967)

Don Camillo (Don Camilo) (1952: 6.0)

Don Camilo y Don Peppone se necesitan como el imán y el frigorífico, como el Coyote y el Correcaminos.

Ahora Nolan y sus infinitas ínfulas (que ya vi claras en su muy sobrevalorada, un habilidoso truco, Memento) nos hacen saber, en la última entrega de Batman hasta la fecha (verano de 2008), El caballero oscuro, que el Bien y el Mal se retroalimentan, se complementan y son eternos (sin causas: la doctrina es obviamente reaccionaria; también lo era en la mucho más poderosa, sutil e incisiva Unbreakable, de Shyamalan). Se necesitan Batman y Joker, seres ambiguos: en apariencia son la Generosidad y la Belleza y la Bondad contra el Egocentrismo y la Deformidad y el Caos (un nihilismo a toda mecha que goza de gran prestigio entre la crítica tipo Fotogramas y el público curtido en los cómics, el cine norteamericano más convencional, las teorías conspirativas y la PlayStation). No obstante, en último término, son extremos que se tocan (o extremeños, según Alfonso Paso), que intentan asesinarse pero que, en el fondo (tal es la moraleja de principio a fin), querrían que su adversario fuese inmortal. Para que el Sistema funcione, hacen falta los declarados y feos enemigos, casi tan fuertes como el foco del bien: léase un Eje del Mal. Sin foco del mal, no somos nada.

Con mayor humildad, sinceridad, sentimentalismo y bravos humos, el Don Camillo de Duvivier (que me ha hecho menos gracia que su segunda parte de 1953) proponía en los años cincuenta algo semejante al Batman de Nolan, mas lo hacía mediante la utilización de una paleta más sobria, sencilla, folclórica, amplia y tolerante, enarbolando la bandera de un cine simple y popular, costumbrista y comercial pero sin caer en concesiones humillantes, en torno a las luchas tragicómicas entre un cura que habla con Cristo y sus seguidores piadosos (parte de la “reacción”) y un alcalde comunista y sus analfabetos seguidores (los “rojos”).

Cine simpático, tosco a ratos, que da prevalencia a la religión católica sobre las diferencias políticas y sociales (que se ven y oyen en el film) que, pese a ser supuestamente encarnizadas, no deben invalidar el diálogo y del debate civilizados, ni siquiera la estima o la simpatía por el oponente. Un cine más cercano al más leve y elevado de McCarey que al de los curitas españoles (catetos o cachondos) o al mismísimo Cantinflas, y que viva México.