KI-DUK Kim (1960-_)

Hwal (El arco) (2005: 5.0)

Especie de El viejo y el mar en la era post-Amélie, es decir, más ñoña que profunda.

Un Átame para el siglo XXI; Átame suave, armónica, sin bultos ni pedos, sin tetas (o sólo senitos) ni espontaneidad ni toses.

Así como Calma total (Dead Calm) dirigida por Kim Ki-Duk, un autor que se ha ido envaneciendo (sin cambiar de registro) con el paso de los años y los premios.

Elementos de La isla: sangre y desgarro, otra relación enfermiza, obsesiva, pulimentada por Ki-Duk con dosis (en El arco, excesivas, sospechosas) de jabón o charol fílmico; la pasión, los celos, el sufrimiento se convierten en hábito decorativo. Un peligro que ha acechado y acecha (ahora más que nunca) a otros cineastas valiosos, como Coixet o Kar-Wai.

Artículo ornamental para los amantes de lo exótico “light”, sobre todo en lo que concierne al mundo oriental. Ki-Duk nos ofrece lo que esperaríamos de un realizador coreano. O de por “allá”. Bonitas postales, música de por allá, lírica obligatoria y sensualidad. Recurrencia de motivos. Esteticismo oriental u orientalizante. Poesía de superficie, así como Seda de Baricco, por poner un ejemplo de literatura de esa calaña (o estilo).

El arco, casi cine mudo, nos pone tersa y comercialmente frente a otro amor extraño y envenenado, semi-imposible y fantasmal; un amor que lleva a sus amados a preferir la muerte antes que la derrota, la renuncia. Aunque a Kim-Duk, en la bonita El arco más que en ninguna otra obra que haya visto, lo que le interesa es la textura de la imagen, la belleza del paisaje y de los rostros de los jóvenes enamorados (y las piernas de la chica). Pues eso: que El arco es más Baricco que Hemingway.

Y que no se me hable de sensibilidades femeninas y masculinas, que Kim Ki-Duk, hasta donde yo llego, es un hombre.