AMELIO Gianni (1945-_)

La stella che non c'è (La estrella ausente) (2006: 9.0)

Amelio es un dios desconocido. Una estrella ausente. Aquí nos han llegado las “italianadas” de turno (con tías buenas) y alguna de Roberto Benigni, si es que aún está en el negocio. Lo demás es activa nostalgia, volver a las muchas edades de oro del cine italiano, a Visconti, Germi o Rossellini, a Antonioni, Olmi o Pasolini. Eran tantos y ahora son tan pocos. Sin embargo, de vez en cuando tenemos acceso a alguna obra con carácter. En el siglo XXI, películas como Buenos días, noche (Bellocchio), Mi hermano es hijo único (Luchetti), la fabulosa Gomorra (Garrone) o La estrella ausente (Amelio) nos han recordado con su cine serio, político, sensible y atento que no sólo de manuales de amor, divos o Salvatores vive el cine italiano. Y eso que a Nani Moretti, desde La habitación del hijo, ya ni nos lo estrenan por estos pagos…

Amelio es un auténtico perro verde, si lo contrastamos con sus toscos o fulgurantes contemporáneos. Amelio está a años luz de ser fulgurante o tosco. En películas admirables como Las llaves de casa o La estrella ausente nos sitúa a personas obsesivas en unos límites muy extraños. Sus empeños vitales no son fáciles de compartir ni de comprender en su totalidad. Sus encuentros con “el otro” terminan por completarles de alguna manera, en parábolas de signo humanista. Obras abiertas.

Lo que nos encandila por encima de todo, en La estrella ausente, es la fotografía amplia, insigne y profunda del talentoso Luca Bigazzi. ¿Se puede hacer cine clásico en el siglo XXI? Desde luego que sí. Amelio lo demuestra en La estrella ausente: su composición está llena de armonía, mimo, tolerancia y profundidad de campo. Amelio quiere que veamos, con calma y misterio, una porción del mundo en que vivimos. Primero, alguna Italia. Luego, alguna China. Y nos introduce, como pocos directores hoy día con cordura y ambición (Cantet, Guédiguian, los Dardenne…), en el mundo del trabajo físico.

Y no, La estrella ausente no es Workingman’s Death (Glawogger), no pretende enseñarnos las durísimas tareas de minas, industrias o fundiciones (aunque algo vemos), sino que nos presenta la odisea particular de un italiano en la China. Un italiano, en interpretación repleta de pundonor, gracia y enigma de Sergio Castellitto, que va a la China por amor a su trabajo: al trabajo bien hecho, se entiende. A la ética profesional. Algo que, acaso, se esté perdiendo en algunos campos. Algo opuesto a actuar de cualquier modo, de forma pícara, egoísta o descuidada. El personaje de Castellitto está convencido de que hay un defecto en una máquina italiana que les han vendido a los chinos: y va hasta allí para buscar los altos hornos y prevenir a quien fuere. Sea cual sea el resultado, hace lo que cree que “debe” hacer y está en su mano. En la China, Castellitto se reencuentra con el maravilloso y sutil personaje interpretado por Tai Ling, la joven china que intentará ayudarle a lograr su cometido y, de paso, recordarle que no está solo en el mundo. Ya que el mundo (ancho y ajeno) es una conquista de todos.

Podría verse la relajada La estrella ausente desde un sentido simbólico acerca de la generosidad humana o la deriva de un personaje. A mí me ha parecido un prodigio de factura clásica y amplia mirada sobre un personaje “ausente” y una China contemporánea que se nos hace presente. En una especie de fascinante cruce entre Naturaleza muerta (Zhang Ke, del mismo año) y Lost in Translation (S. Coppola), La estrella ausente contiene insólitos elementos del cine documental, al mismo tiempo que incluye momentos que parecen reescrituras modernas de algunos instantes del cine digresivo, complejo y apaciguador de Leo McCarey (de Tú y yo, con claridad).

A la vez, podría incardinarse La estrella ausente a un tipo de cine realista y sereno casi en completo desuso en el siglo XXI, como lo demuestra la escasa atención que suele despertar entre los distribuidores, exhibidores y espectadores, y hasta en buena parte de la crítica, más preocupada por lo nuevo de los Wachowski, Lynch o Tarantino, o las rarezas obligatorias e inexplicables. Las emociones “fuertes”, en suma.

Cine luminoso, éste de Amelio: pausado, sin una trama “potente” ni efectos especiales, sin un motivo “sustancial” por parte de su protagonista; un séptimo arte espléndidamente fotografiado. Un cine que no atrae a clientelas más habituadas al “excitement” de corto recorrido, las ambiciones guerreras o las gamberradas mega-posmodernas. Gentes como Isaki Lacuesta con La leyenda del tiempo, José Luis Garci en Luz de domingo, el iraní Panahi (que bebe del maestro Kiarostami) o el infravalorado francés Jean Becker sí se diría que siguen cuidando (como Amelio) sus obras de una manera tradicional, con complicidad sentimental y atención por los detalles (y de manera particular, los rostros de los actores), desde un empeño primoroso y una distinción solidaria. Son estrellas ausentes.