YIMOU Zhang (1951-_)

Shi mian mai fu (La casa de las dagas voladoras) (2004: 6.0)

Bebiendo de los efectos especiales y motrices de Matrix (1999), de las bondades saltimbanquis, orientales y coloristas de Tigre y dragón (2000) y de la acción trepidante y temas eternos de El señor de los anillos (2001), Zhang Yimou, que poco antes había realizado otra superproducción (Hero), se dispuso de nuevo a reventar taquillas. Y no le salió mal la cosa, aunque tampoco tan rentable como a Peter Jackson, Ang Lee o los hermanos Wachowski.

Unos años atrás, Yimou me había parecido un maestro humilde y humanista, en obras como El camino a casaNi uno menos. Pero el siglo XXI ha sido el de la consagración grandiosa y oficialista de Yimou, con obras pomposas y enormes dispendios ornamentales. Incluyendo su labor en las Olimpiadas, vendiéndonos “lo oriental”, por televisión, a precio de fábrica. Nuestros chinos de España, los que se pasan quince horas al día en sus tiendas de ultramarinos y cachivaches, no guardan relación con este Yimou: aunque quizá sí disfruten con sus películas. No me sorprendería.

Le dice él a ella:

 

Creí que erais un fuego ardiente pero sois un lago gélido.

 

Éste es el tipo de línea que, según Yimou, los occidentales esperamos encontrar en un film chino.

La casa de las dagas voladoras es cine de texturas estupendas y exquisita evasión comercial, incluyendo una historia de amor que terminará en un largo duelo (al sol y sobre la nieve) entre los aspirantes. La fotografía, el montaje, los efectos y las interpretaciones se integran en un molde impersonal, una estilización unificadora, en función del propósito de vendernos un dinámico y poético producto de aventuras, acción, romance y oropel asiático. De gente guapa y paisajes bonitos. Con batallas elásticas y decoraciones fastuosas.  

La película ni aburre ni fascina. Los vuelos en el combate y por las copas de los árboles son muy plásticos, sin duda. Pero los giros de la trama (de parte de quién están, en realidad, los personajes…) terminan siendo tramposos y molestos.

Yimou no es ni un gélido lago ni un ardiente fuego. No es el maestro que yo pensé (hace años) que era. Yimou es, digamos, el Spielberg chino.