HESLOV Grant (1963-_)

The Men Who Stare at Goats (Los hombres que miraban fijamente a las cabras) (2009: 4.5)

Me da la sensación de que este actor reconvertido a director, Grant Heslov, no tiene demasiado talento para la dirección cinematográfica. Fía el éxito de su película únicamente al perfil absurdo y paródico de sus escenas e interpretaciones. Los hombres que miraban fijamente a las cabras parece un título de Stieg Larsson pero es, en cambio, una desigual sátira bélica y política. En fin, no es Dr. Strangelove; ni siquiera La guerra de Charlie Wilson.

A los liberales americanos como George Clooney (es decir, la “izquierda” de allá) les repelieron las maneras burdas y brutales de Bush y, como consecuencia, se sienten desde entonces moralmente obligados a participar en películas de crítica “light” como The Men Who Stare at Goats. Supongo que como si cruzamos En tierra hostil con Agárralo como puedas.

La película se va encadenando por una serie de “gags” más o menos acertados, una metodología narrativa muy de la lógica de la globalización (continuos saltos en el espacio y tiempo: pensemos en Syriana, Munich, Red de mentiras; el cine de Iñárritu) y unos diálogos a medio camino entre Kevin Smith y Wes Anderson, ay, qué gracia; por desgracia, la desconexión entre las partes es demasiado llamativa y lastra el conjunto. La profusión de personajes tampoco ayuda. El tonillo desmitificador y supuestamente anti-belicista es tontorrón en exceso y nadie se lo puede tomar en serio… Y, como broma, carece de brillantez y “punch”.

Contraponer la locura armamentística de la derecha americana a las prácticas New Age aplicadas a la guerra es una táctica simpática pero peligrosa. Aunque admito que mezclar ambos polos (la superstición científica y la lucha contra el Eje del Mal) ha sido el asunto más ingenioso perpetrado por Heslov. Una mayoría de americanos, puestos a elegir como entretenimiento televisivo entre la pacífica y roquera drogadicción de Woodstock y una Guerra Justa en cualquier país árabe, no tendrá mayor inconveniente en decantarse por el atractivo moral y espectacular de la segunda opción. Matamos a los enemigos de los EEUU, convertimos a algunos incautos, damos salida al caudal ingente de armas que producimos anualmente y, de paso, tranquilizamos decentemente nuestra martirizada conciencia patriótica y disfrutamos del violento y dinámico espéctaculo desde el sofá. No hay color, George Clooney.