REED Carol (1906-1976)

The Third Man (El tercer hombre) (1949: 10.0)

Muchos años después, con humilde deleite aplazado, vuelvo a El tercer hombre.

Un clásico irresistible: imposible no caer rendido a sus atractivos, que son todos.

Película sin tacha, thriller, parábola moral y política e historia de amor fracasada. Trama (como en otros clásicos indiscutibles: Casablanca, Con la muerte en los talones…) en la que los intereses individuales (amor, egoísmo, ambición…) chocan con el “deber”: hacia una patria, una causa, una moral, una justicia.

Tal es el conflicto, maravillosamente rodado, de El tercer hombre: Joseph Cotten ha de elegir entre la traición a una amistad o la venda en los ojos ante lo que constituye un pequeño pero horrendo holocausto. Esa penicilina adulterada, ese desprecio por lo humano. Ha de escoger, también, entre conservar alguna opción de conquistar a Alida Valli (para lo que no debería traicionar, entregándolo a la policía, a su mejor amigo y amante de Valli) o perder esa esperanza para siempre: como vemos en el asombroso y último y demorado y patético plano final, uno de los más grandes “the end” de la historia del cine.

Conjunción perfecta de enormes talentos del arte cinematográfico: el guión de Graham Greene, la influencia y mágica interpretación de Orson Welles y la dirección del infravalorado Carol Reed; el rostro noble de Joseph Cotten y la afilada fotografía de Robert Krasker; actores como Valli o Trevor Howard al son de la música enigmática e inolvidable de Anton Karas.

A veces un clásico lo es porque todos los componentes que lo forman han aportado dosis precisas de habilidad, genio y distinción, y así es imposible errar. Pero conste que no siempre funciona un cóctel de este calibre industrial.

Lo curioso es la “forma” en la que El tercer hombre encuentra acomodo y desarrollo: un apetito visual diseñado con elementos expresionistas, encuadres angulosos, picados y contrapicados, acentuando el vértigo, la deriva (dramática y moral), la ambigüedad, las dudas. Escaleras siniestras, callejones sin salida, la tenebrosa noche de Viena. Luces y sombras (el rostro de Welles, iluminado inesperadamente: uno de los planos más grandiosos del Séptimo Arte), alcantarillas y cloacas (en la narración y la moral), una persecución laberíntica. Componentes kafkianos y camusianos, burocracia interminable y existencialismo torturado, podredumbre y noria que gira (en una de las escenas más potentes de la historia del cine), en la realidad de la ficción y en la poderosa metáfora sobre el Mal.

El tercer hombre es un clásico a fuerza de atraer a espectadores de todas las épocas y países y por mor de sus aciertos evidentes. No es un clásico en la, en ocasiones, crucial etimología del término, destinada a definir aquello que resulta armónico, equilibrado, mesurado, sin aristas: en cine, algún Ozu o Hawks o Renoir, por ejemplo.

El tercer hombre contiene demasiadas aristas: elementos manieristas y suculentos énfasis visuales, demasiados cadáveres en el armario, demasiada fantasmagoria, demasiados conflictos de conciencia, como para ser una narración “clásica” en el sentido aludido.

Eduardo Torres-Dulce, en el capítulo dedicado al film en Armas, mujeres y relojes suizos, habla con razón de “seducción hipnótica” para referirse a este film inmortal (aunque luego afirma que ésta podría ser consecuencia de “la puesta en escena sencilla y eficaz de Carol Reed”, algo enteramente discutible). Y señala la “rara y fascinante mezcla de film d’art, neorrealismo y documental”, que nos atrapa. En efecto: son numerosos los componentes estilísticos y narrativos que confluyen en El tercer hombre. Pocas veces una macedonia cinematográfica de tal calibre y variedad habrá funcionado mejor.

Inquietante y, en el recuerdo, indestructible (por desgracia, tanto es su atractivo) es el personaje que interpreta Welles: “Nietzsche de cloaca”, como lo denomina Torres-Dulce. Alguien para el panteón de los grandes “cínicos”, en la división que realiza Charles Moeller en su obra Literatura del siglo XX  y cristianismo (traducción de Valentín García Yebra), en la sección en la que trata la literatura de Graham Greene:

 

Conocen la podredumbre del mundo. Pero procuran sacar de ella la mayor ventaja.

 

No sólo eso. El personaje de Welles, odioso pero alucinante villano, pequeño Hitler de entreguerras, no sólo saca ventaja de la podredumbre sino que colabora, “sin prejuicios”, a la existencia y desarrollo de la propia podredumbre. Y es que, pese a que esté hoy de moda, en parte de nuestra clase política (abril de 2010), reivindicar la ausencia de prejuicios, habría que tenerlos siempre. Lo contrario es que nos venza el cinismo y las personas se conviertan para nosotros (como le dice Welles a Cotten desde lo alto de la noria) en minúsculos puntitos negros, combustible para Auschwitz y la bomba atómica (y, en el cine, para Tarantino, la propaganda patriótica y belicista de Hollywood, etc.).