PECKINPAH Sam (1925-1984)

Pat Garrett & Billy the Kid (Pat Garrett y Billy the Kid) (1973: 10.0)

Durante varios años Pat Garrett y Billy the Kid fue mi película favorita. Debido a mi fascinanción, me compré la banda sonora de Bob Dylan. Vi la obra del gran Sam Peckinpah no menos de cinco o seis veces entre, más o menos, 1996 y 2000.

Ahora (abril de 2010) hacía por lo menos nueve o diez años que no tenía oportunidad de revisitarla. La he comprado por seis euros. Y me ha cautivado, como siempre. Desde la música y sus primeros fotogramas, ya elegíacos.

Pat Garrett y Billy the Kid es una problemática elegía: por unos tiempos acaso más nobles pero más salvajes, por un personaje irrepetible. ¿Es The Kid un terrorista, un Che Guevara, un Cristo? ¿Y su enemigo máximo, su antiguo amigo Garret, es un traidor, es punta de lanza del terrorismo de Estado a las órdenes de Chisum, es EEUU reventando vietnamitas…?

James Coburn y Krist Kristofferson, acaso la más compenetrada pareja protagonista de la historia del cine, lo bordan. Cómo se miran, se entienden, se sonríen, se despiden.

Desde un perfil nada clásico, Peckinpah, a golpes de talento puro, narración ensangrentada, lírica y subversiva, música inolvidable de Dylan y numerosos momentos para el recuerdo, me tiene el corazón en un puño desde el primer instante. Y, durante su transcurso, ya casi no razono. Me mete en su bolsillo como pocas, esta apoteósica, pausada y sublevadora ficción audiovisual, este western punzante y revisionista que, a partir de lo mejor de los autores clásicos (Mann, Hawks, Ford), consigue una obra conmovedora y complejísima.

El héroe del pueblo y el perseguidor, los tiempos que cambian y la especulación con las tierras; la amistad que no cesa pero… Garrett matará a Billy. El crimen y el deber, el dinero destruyendo complicidades. Todo es complejo, nada es para siempre, el que no se adapta a la concepción de los nuevos poderes corre el peligro de verse convertido en un indeseable. Y un mártir.

Me emociona, una vez más, Pat Garrett y Billy the Kid. El primer encuentro de ambos en la taberna, cuando Garrett, con escasas palabras, le comunica a Billy que los tiempos han cambiado y le aconseja que se vaya. Las fragmentadas batallas con rifle y pistola. Dylan y su personaje Alias citando en voz alta el nombre de los medicamentos mientras Coburn actúa. El duelo en el que Kristofferson no cuenta los diez pasos. La mirada de dulzura y dolor eternos de Katie Jurado ante su marido desangrado, mientras oímos “Knocking on Heaven’s Door”. Coburn (el nuevo rico) rodeado de prostitutas y alcohol sobre una cama. La demorada preparación (de los asesinos y de Peckinpah) del asesinato de Billy el Niño. Coburn sentado en un banco la mañana después de haber matado a Billy. El niño lanzando piedras a Coburn, una vez que ha cumplido su misión, y se aleja del pueblo. Decenas de diamantes emotivos, de una épica audaz, poética, resbaladiza.

Película imperfecta, irregular, desigual, que aúna poder elegíaco, ambigüedad moral y una gloriosa persecución de antiguos amigos (tan Peckinpah). Un film que a mí me hechiza, me toca de principio a fin. Frente a Pat Garrett & Billy the Kid sé que soy menos objetivo que ante cualquier otra película.

 

Es… la literatura que conserva la autonomía de la ficción —la que mantiene las distancias con respecto a la historia y la “facticidad” normalmente establecidas, la que devuelve ambigüedad tanto a los “buenos” como a los “malos”, la que descongela los hechos y restituye su esencial discutibilidad, su pluralidad significativa— la que, como decía el filósofo Richard Rorty, es capaz de ampliar la imaginación moral de la humanidad y de aumentar nuestra comprensión de los demás y de nosotros mismos.

 

(José Luis Pardo, “Basado en hechos reales”, El País, enero de 2010)