CHABROL Claude (1930-2010)

La fille coupée en deux (La mujer cortada en dos) (2007: 8.0)

Ya no sé (antes creía que lo sabía) si Chabrol es un redomado y resignado cínico, un “viejo verde” de las artes y letras francesas, o si, simplemente, son sus personajes, tramas y su moral cinematográfica los que son así. Un Hitchcock francés sin redención posible. La civilización y la cultura en función de la turbiedad y las ambiciones de personas solidarias consigo mismas.

Todas las películas de Chabrol, después de tantos años haciéndolas, me siguen gustando más o menos igual. No creo que tenga muchos puntos flacos; aunque acaso, de acuerdo, tampoco obras indiscutibles, maestras o como se quieran llamar. La mujer cortada en dos, protagonizada por la espléndida Ludivine Sagnier, un perfecto (en su papel de escritor) François Berléand, el talentoso Benoît Magimel y la estilizada y enigmática Mathilda May, es otro artilugio perverso que no deja títere con cabeza… De hecho, el explícito final lo deja claro: la chica cortada en dos. Gloriosa y glotona broma del veterano Chabrol, a ratos más buñueliano que hitchockiano.

Un final que me ha recordado, de manera aviesa, el de M. Butterfly de Cronenberg: otro personaje exponiéndose, haciendo metáfora de su condición, “dándose” al público para que éste se relama de gusto y de pavor. Sensacionalismo de “qualité”.

La mujer cortada en dos es el Match Point (Allen) de Chabrol. Aunque sea un tema propio del francés, aquí lo explota sin piedad de ningún tipo: los burgueses franceses haciéndose la vida imposible. Insatisfechos pero “bon vivants”. Buenos restaurantes, vino de 1969, literatos ricos y famosos, chicas jóvenes e ingenuas, un “playboy” desequilibrado y multimillonario; vicio y más vicio… ¿La autenticidad? No sabemos dónde está: a no ser que, en realidad, todo lo que vemos forme parte, en tanto que puzzle de intereses, ambiciones y fragilidades, de un universo “auténtico”: pues nada más hay bajo ese sol francés. Un humanismo risible, descuartizado por el lujo del mejor postor: y todo se vende.

Admirable Chabrol, admirable cultura francesa. Estoy leyendo estos días de abril de 2010 Enemigos públicos, correspondencia exquisita y sutil entre Michel Houellebecq y Bernard-Henri Lévy (traducción de J. Zulaika), dos figurones de las letras francesas. Es inviable encontrar algo semejante en otro país. El segundo de ellos reivindica, por cierto, en la página treinta y tantos, una filosofía…

 

…cuyo gran principio consiste en considerar el sujeto una forma vacía, sin auténtico interior, casi abstracto, pues todo su ser consiste en el contacto que establece con el mundo y en el contenido de que dicho contacto viene en cierto modo a dotarla, cada vez de manera nueva, nunca de una manera sustancial.

 

Casi siempre me sacia Chabrol (aunque se lo podría pedir más). Sus personajes: formas vacías, se definen por familia y entorno, sin sustancia; antipáticos casi todos, más bien egoístas, débiles, ensimismados en sus mundos, amantes del lujo, del buen comer y el buen follar, liberados pero celosos, reconocibles siempre.

Borracheras de poder que, el gran Chabrol, sabe cómo aderezar en torno a un cine de calibre clásico, de puesta en escena funcional que incluye detalles netamente de la casa: como ese primer plano de Sagnier, cuando su amante, el escritor Berléand, la ha dejado, y ella se ha quedado con el joven e inútil Magimel y accede a casarse con él: Chabrol, en este plano, detrás de la guapa chica nos coloca una gran cama vacía, recuerdo del fragor sexual con el experimentado escritor, algo que ya nunca va a recuperar…

Pérfidas perlas chabrolianas: maduras, complejas, pesimistas o posibilistas (acaso rendidas a la evidencia del mundo en que vivimos). Humanismo pervertido, si es que existió alguna vez. O quizá nunca existió, para Claude Chabrol: revisemos, si no, la cruel y ya antigua Las ciervas (más de cuarenta años han pasado), cercana en tono e ideología al Chabrol último.