AUDIARD Jacques (1952-_)

Un prophète (Un profeta) (2009: 9.5)

Tahar Rahim es el desvalido recluso Malik El Djebena. Niels Arestrup es el “padrino” corso de la prisión: César Luciani.

Y Jacques Audiard es el director de Un profeta, una prueba más (aunque no las necesitemos) de la maestría de tantos y tantos realizadores franceses en la confección de un cine sabroso, inteligente y poderoso, rehuyendo la banalidad y el puro espectáculo.

Un director, por cierto, que no sólo dirige de manera fenomenal sino que, además, dice cosas interesantes sobre su obra (algo no tan habitual). Así, en el folleto informativo de los cines Renoir, en la sección “notas del director”, señala Audiard cómo un objetivo prioritario, a la hora de encarar este drama carcelario, fue evitar la “vertiente social” y documental y, al mismo tiempo, no fabricar un producto clónico de las series y películas norteamericanas. Y apunta, también, entre otras cuestiones más que sustanciales: “Un profeta es la historia de un hombre que llega a una posición que nunca habría alcanzado de no haber estado en prisión, lo que encierra una paradoja…”.

Un profeta es una historia que desde el minuto 1 al 154 te tiene pegado al asiento, con los ojos atraídos irremisiblemente por una pantalla que desgrana crueldades y dulzuras, funcionamientos sociales y capacidad de superación de forma colosal, enigmática, superlativa.

Un prophète combina elementos realistas y crudos (nada idealizados) con arrebatos de sueños y visiones; alterna descargas de seca violencia con inusitados instantes de (cómo decirlo) “moral en imágenes”.

Un profeta es, sin duda, una película moral pero no moralista. En realidad, no deja de ser la historia de un “trepa”, un superviviente que, no obstante, tiene sus principios. El personaje que encarna Rahim es extraordinario: es imposible no identificarse con él, pese a que no es ningún santo. Se busca la vida como puede: aprende. Aprende a no morir. A ser respetado. Aprende a enfrentarse a cada nuevo despertar entre rejas, en un contexto peligroso, brutal, sin apenas misericordia. En el minuto cinco de la película la vida de Malik ya corre peligro. Así hasta el último segundo, cuando sale de prisión y sonríe.

Es curiosa, difícil de catalogar la metodología ecléctica de Audiard en Un profeta: el film empieza como si lo dirigieran los Dardenne, la cámara detrás de un personaje del que no sabemos por qué está en prisión, quién es ni cuáles son sus motivaciones o, cómo se dice ahora, su rollo. De pronto deriva al cine de gángsteres y mafias, Coppola y Scorsese. Repentinamente se nos ofrecen dosis de realismo mágico a medio camino entre Buñuel y Darabont. Y de nuevo se centra el film en un tremendo guión que contiene elementos clásicos del relato policíaco y del crimen, el tráfico de drogas, las traiciones y venganzas entre clanes. A veces uno se pierde en el intríngulis de la trama y relaciones. Da igual: lo que prima es la absoluta intensidad de la puesta en escena, un magnífico ritmo “sweet & sour” y una admirable secuenciación de escenas, la mayoría interiores pero, también, algunas exteriores sobresalientes (como la del ciervo en la carretera, o el protagonista viajando en avión por primera vez).

La película podría dar para una decena de tesis doctorales. Para debates éticos, morales, sociales y políticos sin fin. Y, sin embargo, antes que todo eso (“algo interpretable”, que diría Susan Sontag), yo me quedo con el puro placer (a ratos doloroso y ambiguo) de las imágenes y palabras en movimiento que nos regalan Audiard y sus excelentes actores Rahim y Arestrup: en una relación padre-hijo o amo-esclavo que no recuerdo haber visto nunca mejor representada en pantalla, grande, mediana o pequeña, legal o ilegal.

Porque, gentes de España: ya está bien de tanto debate sobre “formatos”, majos. Hablemos de lo que importa: de lo que vemos, y menos de dónde vemos lo que vemos.