ANDERSON Paul Thomas (1970-_)

There Will Be Blood (Pozos de ambición) (2007: 9.0)

Nadie habla hasta el minuto 14: pura acción, puro accidente, puro “behaviour”. Pura ambición. Del protagonista. Del director.

Cómo no recordar Tulsa, ciudad de lucha (Heisler), que retrataba en 1949 la fiebre del oro negro.

El progreso, pero qué progreso: ya nos lo mostraba y contaba Chaplin (La fiebre del oro, Tiempos modernos). Los escrúpulos, pero qué escrúpulos: ¿los de Ciudadano Kane o los del propio Welles?

¿Cruzar a Chaplin con Welles, pues, en una secuenciación casi Dziga Vertov?

¿Construir un espacio, un tempo, una intensidad herederos de Tarkovsky y Scorsese con un tema que parece sacado del Workingman’s Death, de Glawogger?

¿Alimentar rostros de Erice y arritmias musicales (planificadas) de Godard con testosterona masculina (un Eastwood) y algo de “gore” (un Tarantino pero en serio)?

Paul Thomas Anderson: aquellos pozos suyos de ambición, de los años noventa (qué juventud), Boogie Nights y Magnolia. Un tipo a seguir muy de cerca: con más talento que ninguno, posiblemente.

Es más fácil asombrarse y admirarse que entusiasmarse con Pozos de ambición. Un film superior, bíblico, intenso, épico y estrafalario con el que el espectador ni sufre ni ríe ni llora. Una obra que ni da tregua ni ofrece concesiones cómplices.

El espectador se queda fascinado con el discurrir de las imágenes (y, ¡menos mal!, sonidos), a veces demoradas, expectantes, elegantes, otras tremendos latigazos: gritos, violencias, accidentes de trabajo, incomprensiones, fanatismos.

Un espectador, también, inmerso en el quehacer entregado de todo el “cast”, encabezado por el talentoso Daniel Day-Lewis: comprometido y potente como un huracán, sin un asomo de espontaneidad pero, al mismo tiempo, frágil, complejo e inflexible.

Petróleo + Fe.

Fiebre del oro negro + Determinismo + Dinero

Puritanismo + Familia + Negocio

 

Con tales elementos, la operación es sencilla:

Correrá la sangre.