GARCI José Luis (1944-_)

Sangre de mayo (Sangre de mayo) (2008: 7.0)

Garci no es Max Ophüls, pero es lo más cercano al autor de La ronda que se me viene a la cabeza, qué le voy a hacer.

Sangre de mayo ha sido un mini-desastre económico comparado con Heaven’s Gate (Cimino), pero ha constituido un sonoro fracaso en taquilla sin lugar a dudas. Según B. Hermoso (El País, noviembre de 2008), la película había recibido una subvención de 16,5 millones de euros y sólo recuperó unos 700.000.

Garci reafirma su condición de distinguido perro verde de la industria cinematográfica española. Sangre de mayo ya es un film maldito. Pero criticar una película por la falta de espectadores es una maniobra siempre impresentable. No es culpa de Garci y de su espléndido equipo técnico que la Comunidad de Madrid decidiera realizar una inversión tan alta y le saliera el tiro por la culata; no es responsabilidad de Garci ni de su estupendo equipo artístico que su cine no esté de moda.

Su narración audiovisual, con el paso de los años (significativamente, en Sangre de mayo el propio Garci se encarga del montaje), se ha ido haciendo más fluida y elíptica, más suave, difuminada y pictórica. No tenemos a otro Garci en nuestro país, ni a nadie que se le parezca. Los nombres de Rohmer u Olmi me asaltan, aunque tampoco sé si es de rigor comparar a Garci con los citados. Pero es que Garci no es de esta época: nadie, ni en Europa ni en los EEUU (hasta donde yo sé), hace un cine que se asemeje al de Garci... Y, ¿cómo van a triunfar en taquilla filmes como Sangre de mayo o Tiovivo c. 1950, cuando no tienen literalmente nada que ver con las tendencias dominantes de El laberinto del fauno, Avatar o Alicia en el País de las Maravillas, ni con Ágora, Resacón en Las Vegas o Malditos bastardos?

Sangre de mayo no es una película extraordinaria por, a mi modo de ver, tres motivos:

1) cierto exceso de verbosidad literaria en los personajes;

2) alguna tendencia maniática al impresionismo, es decir, a no escarbar, a pasar de puntillas por todos los personajes, subtramas, conflictos y hechos históricos;

y 3) dos o tres golpes bajos, sobre todo en la parte final del film, donde parecería que Garci quisiera justificar “explícitamente” (y ahí, sí, falta algo de sutileza) el “porqué” de una  película que conmemoraba la sublevación del pueblo de Madrid frente al enemigo francés en mayo de 1808: ahí detecto algunos gritos, eslóganes y algarabía que, con razones, han podido extrapolarse al presente de nuestro país, funcionando como banderín de enganche con la retórica avinagrada y resentida de parte de la derecha sociológica española. ¿Me lo estoy inventado?

Pero es que hasta los autores de primera fila se permiten instantes innobles. El gran Mario Vargas Llosa, en un artículo de marzo de 2010 en el que expresaba sus dudas acerca de la política exterior del presidente de Brasil (“Lula y los Castro”, en El País), me desconcertaba con un injustificable golpe bajo cuando, haciendo referencia a la muerte del humilde disidente cubano Orlando Zapata, escribía (mis “negritas”):

 

Ante realizaciones de este calado [“el puerto de Mariel… así como la próxima construcción por Petrobrás de una fábrica de lubricantes en La Habana”], ¿qué puede importarle al ‘estadista’ brasileño que un albañil cubano del montón, y encima negro y pobre, muera de hambre clamando por nimiedades como la libertad?

 

¿Necesitaba, realmente, Vargas Llosa caer a ese nivel de distorsión, sugiriendo (con motivos evidentes, no obstante) algo así como que Lula es un racista al que le importan un huevo los pobres currantes que gritan libertad…?

Pues en dos o tres momentos, y sin llegar a la iniquidad en que (en mi poco sesuda opinión) incurre Vargas Llosa, Garci utiliza alguna maniobrilla de ese estilo para realzar cierto perfil patriótico, populista, nacionalista e, incluso, esperancista (de Esperanza Aguirre) de la película. Aunque quizá me equivoque; pero escribo con toda la sinceridad de la que soy capaz sobre lo que veo, oigo y huelo.

Dicho lo cual, me gusta casi todo lo demás. Y recalco el perfil estrafalario, sumamente elegante, entretenido y respetuoso, que ha mostrado Garci (con Gil Parrondo, Félix Monti, Julián Mateos, Horacio Valcárcel, etc.) a la hora de construir, rodar y montar este estimable film. Lo más cercano, repito, a la distinción, belleza, fragilidad y naturalidad ophülsiana (como de baile y carrusel pero con toques castizos) que se me ocurre.

 

Pd-1. Capítulo destacado se merece, a mi modo de ver, la interpretación (incluso en un papel secundario) de la maravillosa y sensual Natalia Millán. No fue ni nominada a los Goya.

Pd-2. Claro que, hablando de esos galardones, es menester recordar que el año en que Sangre de mayo no fue nominada ni a mejor película ni mejor director, la gran triunfadora fue una película subrayada y enfática a más no poder llamada Camino. Vaya canon.