HITCHCOCK Alfred (1899-1980)

Rebecca (Rebecca) (1940: 9.5)

Volver a Manderley doce o catorce años después; volver de la mano de la ingenua y encantadora Joan Fontaine: superada por la rapidez de los acontecimientos, la volubilidad de su marido Laurence Olivier y la gelidez siniestra o conmovedora del ama de llaves Judith Anderson. Sobrecogida por la casa en sí, mansión encantada por ese fantasma del pasado reciente llamado Rebecca, Rebecca, Rebecca.

La bellísima, irresistible, dulce o perversa Rebecca. A la que no vemos pero imaginamos… ¿con rostro de Veronica Lake, Vivien Leigh, Elizabeth Taylor?

Me identifico con la Fontaine, todo el rato, en la película: sin saber qué pensar ni qué sentir: o sólo inquietud, inseguridad, ilusiones al borde del ridículo. Echará el resto por conseguir ser amada. Nada que objetar (diría Hitchcock).

Hichcock con los estereotipos victorianos, Hitchcock gótico y bröntiano pero siempre guasón (los primeros minutos), literario y cruel. Hitchcock examinando, una vez más, la escasa profundidad (casi warholiana) de los conceptos perpetuos: felicidad, amor, moralidad. Eufemismos para cuestiones más efímeras, interesadas, obsesivas, de andar por casa (como el fantasma).

En efecto: las relaciones supuestamente amistosas o amorosas se revelan simples obsesiones, sonoros fiascos o ejercicios de interés (poder, dinero, sexo).

Punzante, eterno, peliguado Hitchcock. Cómo demora, por ejemplo, el encuentro clave entre Olivier y Fontaine (ella hablando, él en el baño), cuando él se declarará sin entusiasmo. Con qué sutil descaro retrata Hitch a los personajes de Manderley y sus alrededores (incluyendo al vividor Favell: Georges Sanders, y a Ben: Leonard Carey).

La pobrecita y guapa Fontaine, esforzándose por obtener una estabilidad cariñosa al lado del primer hombre apuesto y rico que coincide en su camino:

Intentando acostumbrarse a Manderley como si fuera el planeta Pandora de Avatar (fascinante, diferente a todo, peligrosa, lo nunca visto).

Alcanzando Manderley como si fuese la Shutter Island de Leonardo DiCaprio (amenazante, imprevisible, maldita, determinista).

Tantas narraciones, antiguas y modernas (la boba The Nanny Diaries, sin ir más lejos) sobre jóvenes mujeres como peces fuera de su agua, agobiadas por la apariencia y el romanticismo.

Nada apoteósico (sabía Hitchcock) es para siempre.

Dejar Manderley ardiendo y quedarnos en tierra, observando el hundimiento en el fuego, ya más tranquilos; arde el terror y el pasado y arden las pérdidas pero se anuncia un mañana más luminoso y tranquilo, más feliz, menos “encantado”.

…Siempre que ese mañana no lo gestione Hitchcock, claro: este puto genio que, al contrario que Joan Fontaine, y gracias a su visión panorámica de las debilidades y egoísmos humanos, nunca se hizo ilusiones.

Ilusiones o esos pájaros que nos atacarán en horribles bandadas.