ARNOLD Andrea (1961-_)

Fish Tank (Fish Tank) (2009: 9.0)

1) Hagamos el esfuerzo de vislumbrar Fish Tank bajo el paraguas que nos proporciona José Luis Sampedro en su artículo “Economía humanista” (en la revista Mercurio, octubre de 2009), en torno al “problema clave”:

 

…decidir si el fin primordial de las actividades económicas es aliviar las necesidades materiales de la Humanidad o, por el contrario, aumentar los beneficios monetarios de los acaudalados.

 

Y más adelante, en relación al dogma de la “libertad de elegir”, señala Sampedro: “Libertad ¿de quién? porque en el mercado la libertad sólo la da el dinero y con el bolsillo vacío no hay elección posible”.

¿Cuál es la libertad de elegir de la protagonista Mia (la actriz no profesional Katie Jarvis)? Al final del film, sí comprobamos cómo ha tomado una decisión de peso: marcharse. Libertad relativa que sólo a los encarcelados les es esquilmada.

Sobre la familia británica que vemos en el film de Andrea Arnold… ¿es su problema la ausencia de “valores” en la sociedad actual, como suele oírse? ¿Pues qué valores habría de poseer esta gente, más que los de la basurilla mediática (la televisión, como en la también reciente Frozen River, siempre encendida y manipuladora), la dimisión educativa y los derivados de la ausencia de bienes?

 2) Fish Tank navegaría por las aguas reconocibles del realismo social británico (cómo no acordarse de obras como Riff-Raff o Lloviendo piedras de Loach, de Indefenso y Todo o nada de Leigh). Esta Yo soy la Juani británica, en efecto, puede retrotraerse a una tradición batallada desde finales de los cincuenta, la de películas como La habitación en forma de L (1962, Forbes) o La soledad del corredor de fondo (1962, Richardson), en las que, en Inglaterra, un nuevo sello de autenticidad y de personajes de la calle y de costumbres “anti-sociales” cobraba relevancia.

Sin embargo, como argumenta con mucho más rigor y conocimiento (que yo) Ángel Quintana en el suplemento “This Is England” de Cahiers du cinéma España (noviembre de 2009), la metodología de la directora guarda una más nítida relación con la pureza formal de los hermanos Dardenne (El chico, El hijo, etc.) o los dramas existenciales adolescentes de Van Sant.

 3) Dicho lo cual, además, me gustaría relacionar Fish Tank con cuatro películas recientes, acaso alguna traída por los pelos.

Una sería la francesa L’insurgée (Perreau), también pasada en el Festival de Gijón de 2009, donde una protagonista adolescente y perdida (aunque no de la “working class”) utilizaba su cuerpo y movimientos para expresar su poder, sensualidad y humanidad (y su arte). Otra chica en guerra consigo misma y con el mundo y quizá necesitada de cariño.

Otra es la irlandesa Garage (Abrahamson), en la que un ingenuo marginado intenta integrarse en la dura y mínima sociedad que lo rodea (sin conseguirlo), y su vía de ulterior escape será frustrante pero comprensible: además, como en la obra de Arnold, también un caballo simboliza la libertad y el vigor que el protagonista echa en falta para sí mismo.

La francesa De latir, mi corazón se ha parado (Audiard), donde otro personaje carismático pero muy determinado por su contexto social y familiar cuenta con una pasión artística (el piano) que podría salvarle de la miseria, del crimen y la deriva: pero las ilusiones del marginado son, tantas veces, pompas de jabón. Cosas que hacen “bum”, que diría K. Amat.

Y finalmente, la hispano-mexicana La zona (Plá), en la que las diferencias sociales insultantes (en guettos separados) llegan a justificar la rabia del débil hacia el fuerte, pero no viceversa (como también ocurre en Fish Tank cuando la protagonista allana la morada del novio de su madre, y cuando se lleva por la fuerza a la hijita).

 4) Arnold sigue y persigue a Mia (la cámara detrás, como tantas veces en el cine de Van Sant y los Dardenne) por un extrarradio de ruines hogares clónicos, chándales, hip-hop, desecho industrial y aroma de post-desguace. Y consigue hipnotizarme. Tras uno primeros minutos algo titubeantes, entramos de pleno en la historia, y de qué forma. No despachemos a esta directora con epítetos meramente “realistas”. Arnold construye momentos de veracidad asombrosa no exenta de honda, etérea y misteriosa poesía, como en la maravillosa y tristísima despedida de la protagonista, en la que baila con su hermanita pequeña y con su mala madre: sólo así se comunican. O como en la escena de la prueba de baile, cuando nuestra heroína no comienza su actuación al comprobar (cruentamente) que su ansiado test era para convertirse en mujer-objeto en un club de alterne o similar… El liberalismo económico, sin duda, ofrece oportunidades a todos: la que no quiera ir al instituto siempre podrá ser puta. Todo el mundo termina cansándose y renuncia a sueños; todo el mundo tiene un precio.

 5) Pero, ¿por qué estos personajes son como son y hacen lo que hacen? ¿Por qué emplean tantos tacos, se insultan y parecen odiarse? ¿Por qué se emborrachan, carecen de motivaciones y no leen a Coetzee? ¿Por qué la película puede sin duda explorarse desde un punta de vista (¡aún!) de “class struggle” en la relación a tres bandas entre ese “de-repente-un-extraño” (el actor Michael Fassbender), la vulgar mamá (la actriz Kierston Wareing) y su quinceañera hija Mia?

¿No podríamos aquí alejarnos un poco del asunto concreto (aunque Quintana considere a Arnold una cineasta “de lo individual”) y retomar el punto de partida, el de la economía humanista: el insultante reparto del “money, money, money, must be funny”?