VEGA Felipe (1952-_)

Mujeres en el parque (Mujeres en el parque) (2006: 8.0)

Hay dos tipos de artistas españoles que irritan, cansan y obligan a albergar sospechas sobre su trabajo, intenciones y trayectoria:

1) Están los arrogantes que le “echan morro a la vida”. La rapera gaditana Mala Rodríguez señalaba en una entrevista (de I. Seisdedos) en El País Semanal en mayo de 2010 perlas como éstas: A) “He hecho el mejor trabajo musical español de la última década”; B) “Pero estamos aquí para mover las conciencias”; C) “Pero como vivo en un mundo obsoleto, tengo que divertirme”, y D) “…la fuerza que siempre he tenido para decir lo que me ha salido del coño”.

2) Y están los seudo-americanos a la moda, en función de como ha definido una cierta idea de España el escritor Javier Marías: “…el país más papanatas y mimético con cuanto proviene del Imperio y no digamos de Nueva York…” (El País Semanal, enero de 2010). En el cine, estos chicos suelen intentar una vez tras otra imitar o directamente clonar películas americanas de terror y suspense, copiar a Tarantino o los Coen, plagiar a Peckinpah o Deliverance o adaptar a nuestro contexto las gracietas de un Ben Stiller.

Claro que hay otra España cultural, por supuesto. Por ejemplo, la de la admirable dupla Felipe Vega/ Manuel Hidalgo, director y guionista. Su cine no provoca revuelos ni demanda alfombras rojas. Su cine es despachado como antiguo o convencional o aburrido por gente que ni siquiera se molesta en ver películas como la dulce y cruel Mujeres en el parque. Su modelo no es el cine yanqui, lo cual explica hasta cierto punto la extrañeza que produce en bastantes espectadores españoles: “pero si no pasa nada en esta película…”. Sin embargo, es lo contrario: no dejan de pasar cosas. Lo que no hay son explosiones ni pedos ni Mortadelo y Filemón.

En Mujeres en el parque, vaya, hay numerosos planos de personajes que se alejan caminando, antes de un fundido en negro. Pese a sus relaciones familiares, amistosas y amorosas, todos están (estamos) solos cuando han de tomarse decisiones o seguir impulsos. Vega filma a sus criaturas con elegancia para el retrato sociológico (más que psicológico) y mimo para el encuadre; con un realismo verbal del todo veraz y consecuente (Hidalgo ahí tiene un gran mérito) y abundante ingenio en la construcción de escenas gradualmente más tensas.

En efecto, Mujeres en el parque se parece más a una película francesa que norteamericana o… española; y en España sigue habiendo prejuicios y falta de tradición europeísta para conectar con un cine así: tan diáfano, hablado y bien articulado. Tan adulto. Tan civilizado. ¡Y protagonizado por un tipo que toca el piano, habrase visto!

Y eso a pesar de que los personajes de Mujeres en el parque (encarnados estupendamente por Adolfo Fernández, Marta Tebar, Bárbara Lennie, etc.) distan de comportarse con la madurez que se les supone. Estamos en un territorio contemporáneo reconocible: el de la dispersión emocional (sobre todo, masculina), los egoísmos y choques generacionales, las cambiantes relaciones hombre/ mujer y, en suma, ante un mosaico de intereses encontrados, ambiciones irrenunciables (sobre todo, masculinas) y un enorme desamparo sentimental y laboral.

Cineastas españoles como Icíar Bollaín, Ángeles González-Sinde o Felipe Vega saben cómo crear historias sólidas, dramáticas y luminosas (y con crecientes toques detectivescos) enmarcadas en la desarrollada y urbana, pero frágil, España del siglo XXI. Lo raro es que un cine tan “natural” no consiga despegar en taquilla, aunque no resulta tan extraño, ciertamente, considerando el número de copias que se distribuyen.

Felipe Vega, uno de nuestros grandes directores, es además capaz de fotografiar un Madrid bello, burgués y distinguido, de filmar escenas de restaurante como nadie más lo sabe hacer en España (o acaso sólo el Erice de El sur y Garci, a veces) y se muestra solvente para elaborar y cortar planos sorpresivos que dejan detrás un rastro de enigma y conmoción (hay varios de estos en los últimos diez minutos de película: descúbranlos).

Ni papanatas ni obsoleta, ni apocalíptica ni plácidamente integrada, la pareja Vega/ Hidalgo está conformando un corpus de cine que nos dignifica. A nosotros: sus espectadores naturales. Españolitos de a pie, como suele decirse.