PREMINGER Otto (1906-1986)

Bunny Lake Is Missing (El rapto de Bunny Lake) (1965: 8.5)

* En “Los ojos y el cerebro”, una espléndida y útil introducción al cine de Preminger escrita por Miguel Marías (Filmoteca Española, mayo de 2010), este heterodoxo crítico de cine llama la atención sobre un aspecto que, hoy día, otros comentadores más ceremoniosos o académicos (muchos de ellos, justamente, porque trabajan en departamentos universitarios) tienden a pasar por alto: “…una de sus virtudes cardinales es que incluso sus películas menos conseguidas o controladas suelen ser, como poco, amenas…”.

* En mi humilde experiencia premingeriana, no albergo dudas a este respecto y la extraña y fascinante El rapto de Bunny Lake tampoco es una excepción. Comparte con otras películas de Preminger su predilección por los largos planos-secuencia, su aparente frialdad (para Marías, “equilibrio emocional”) y, en suma, un rigor “objetivo” digno de un investigador pero perteneciente a un autor cinematográfico que, como también señala Marías, se caracterizaba por contar historias de manera clara “y engañosamente simple”. Y siempre consiguiendo interesar al espectador en buena lid: sin ofrecer nunca planos de relleno, escenas aburridas, momentos de “arte por el arte” o instantes que simplemente demostrasen que, vaya por Dios, era un virtuoso.

* Además de situar la película dentro de la admirable, fluida y “abarcadora” (llamémosla) metodología de Preminger (en ese afán por no manipular al espectador mientras, al mismo tiempo, le hace desconfiar de los puras apariencias; algo que también persiguió Mankiewicz), merece la pena apuntar que Bunny Lake Is Missing puede emparentarse con otras obras y autores de los sesenta que, en países como Inglaterra, pusieron sobre la mesa una serie de temas controvertidos en torno a imprevisibles perversiones, hipocresías, horrores y hasta conductas criminales de personas, “en apariencia”, perfectamente normales, ciudadanos civilizados que pagaban sus impuestos, llevaban a sus hijos al colegio y ayudaban al ciego a cruzar la calle.

* Personas, en suma, a las que de pronto se les encontraba un ingrato doblez, un Mr. Hyde detrás de su educada máscara Jekyll: un lado más siniestro o enfermo, si se quiere. Y todo ello enmarcado en un contexto, el decenio de los sesenta, que conocía al mismo tiempo un desahogo en materia sexual, una liberación de las costumbres, un apogeo de la moda y el estilismo y, en el cine, variantes de experimentación en busca de otras maneras de narrar “menos” dramáticamente, con más distancia, brechtiana o premingeriana.

* No parece casualidad que El rapto de Bunny Lake, de 1965, sea más o menos contemporánea de obras siniestras, raras, mórbidas e inquietantes como ¿Qué fue de Baby Jane? (1962) y Canción de cuna para un cadáver (1964) de Aldrich. O que Psicosis (1960), Los pájaros (1963) y Marnie, la ladrona (1964), de Hitchcock, antecedan, y con personajes igualmente infantilizados, a la película de Preminger.

* Cabe relacionarla, en este sentido, con películas rodadas en esos años también en Gran Bretaña como Repulsión (1965) de Polanski, El sirviente (1964) o Accidente (1967) de Losey, El coleccionista (1965) de Wyler, El estrangulador de Boston (1968) y El estrangulador de Rillington Place (1971) de Fleischer; o incluso con Frenesí (1972) de Hitchcock. Y con otras atmósferas sociales enrarecidas pobladas por personajes estrafalarios o “polémicos”; como son los de Lolita (1962) de Kubrick, Corredor sin retorno (1963) o Una luz en el hampa (1964) de Fuller, La noche de la iguana (1964) de Huston, El extraño viaje (1964) de Fernán-Gómez, etc. Personas que atentaban contra las sanas costumbres sociales.

* Preminger podía y sabía cambiar de géneros, metrajes y formatos. No es que él se adaptara a ellos; es que, más bien, los temas, historias, adelantos técnicos o actores se “fusionaban” en el estilo majestuoso y tolerante de Preminger. Resultan admirables, en El rapto de Bunny Lake, por ejemplo, los armoniosos y significativos movimientos de cámara, que invitan al espectador a observar con más atención y menos telarañas en los ojos, en ocasiones cuando los personajes ya han salido de campo... Nos obligan a sospechar de todo y de todos pero, a la vez, a considerar solamente como viables las soluciones más o menos lógicas (como hace el detectivesco personaje de Laurence Olivier). Y esto teniendo en cuenta que una trama sobre la desaparición de una niña pequeña de su escuela (tema tan sensible hoy día), en principio podría haber conducido a un director más abrupto, convencional o posibilista a dejarse llevar por la marea de la impostura impactante, el misterio de giros inesperados y la lógica de los terrores supersticiosos. Nada de eso en Preminger.

* Pues, en cambio, todo es terrenal, humano y explicable en el Territorio Preminger. Un territorio reflexivo, imponente y tan ameno. ¿Quién es en 2010 nuestro Otto Preminger?