SCOLA Ettore (1931-_)

Una giornata particolare (Una jornada particular) (1977: 9.5)

Sophia Loren es la dura y sufrida Antonietta.

Marcello Mastroianni es el frágil y ocurrente Gabriele.

Antonietta es ama de casa: a sus hijos se los lleva el papá a presenciar el gran encuentro entre Hitler y Mussolini, las mayores celebridades del mundo, apogeo fascista de 1938.

Gabriele es un solitario homosexual: lo han despedido de su trabajo, no comparte el éxtasis del brazo en alto y no sabe qué va a ser de su vida.

Antonietta, en cambio, sí lo sabe: pero la vida a veces nos pone a prueba y nos sorprende. Y aprendemos que no hay mal que por bien no venga, y viceversa.

Esta maravillosa y esencial película de Scola podría haberse llamado Cuando Antonietta encontró a Gabriele.

Sustentada en un brillante texto (que parece teatral), unas interpretaciones que dan escalofríos, una planificación que parece deudora del Hitchcock de La ventana indiscreta, unos elegantes y suculentos movimientos de cámara casi premingerianos y un aura viscontiana, Una jornada particular reconstruye uno de los momentos más alarmantes del siglo XX combinando imágenes de archivo con los dramas vitales de los conmovedores Antonietta y Gabriele: en una singular, cruel y hermosa historia de amor… casi imposible.

Esta película se podría haber llamado No desearás al vecino del pájaro. O La tentación vive enfrente. Pobrecillos ellos, pobres todos. Ella se siente atraída por un desesperado y fracasado gay, pez fuera de su agua. Él se siente a gusto al lado de una aburrida ama de casa a quien su fascista marido trata como una fregona. Como agua para el chocolate, sí: pero no se fíen; hay mezclas a priori improcedentes como el queso y el membrillo, Mourinho y el Real Madrid o el melón con jamón que terminan funcionando y agradeciéndose la mutua compañía.

Habrá que descubrir de una maldita vez el cine de Scola. Qué recuerdos:

El baile de Mastroianni (que mira hacia Noches blancas de Visconti), las miradas de Loren, Marcello en monopatín, Sophia con delantal; el hermoso (pese a todo) encuentro sexual entre ambos; la inquietante presencia de la bigotuda portera; ella observándolo a él, ventana frente a ventana; él regalándole a ella Los tres mosqueteros, ella leyendo el inicio del libro. Ella tendiendo la ropa, él llamando a su puerta. Decenas de maravillas.

Mastroiannni y Loren, dos de los más grandes actores del arte llamado cine, se sienten y se piensan, se echan inmediatamente de menos y, a la vez, se temen y preferirían no haberse conocido. El final no puede ser feliz. En aquella jornada particular triunfaron Hitler, Mussolini y la maldita portera, fascista y cotilla. Pero triunfó, por encima de ellos, Ettore Scola: por suerte para sus espectadores, también los de 2010, que seguimos frotando la lámpara de Aladino con la esperanza de que surja un genio.

Sin acritud: quien diga preferir (pongamos) Syndromes and a Century antes que Una jornada particular deberá añadir obligatoriamente, para resultar creíble, que, en su opinión, una botella de suero le da mil vueltas a un huevo frito.  

 

Particular 1: Aunque sea como “distracción artera”, no me resulta tan paródica la propuesta de Félix de Azúa sobre la novela italiana: “…ha de sonar un fondo de mandolina, tienen que corretear adolescentes semidesnudos por la playa y el relato ha de culminar con la deshonra de alguna mujer madura que ha cuidado en exceso su virginidad” (“La novela europea o un baile de disfraces”, El País, mayo de 2010).

 

Particular 2: Scola rodaba con algunos de los actores italianos más famosos. Sus películas eran populares, a veces taquilleras y conseguían galardones. Scola no era lo que se llama un “independiente”. ¿Motivos para desconfiar del cine (no visto, por mí) del independiente norteamericano Bujalski? Todos. En una entrevista en El Cultural de El Mundo (con J. Sardá, mayo de 2010), este tipo apunta cosas tan inteligentes como éstas: A) “Desde luego, son tiempos extraños”… ¿Por qué?; B) “…la inseguridad de mis personajes tiene más que ver con la mía que con mi generación”. Uff. C) “Los cineastas independientes de mi país siempre hemos sufrido para conseguir financiación”. ¿Y en otros países, qué? Como colofón, citado por Sardá, la siguiente línea de The New Yorker sobre el “mumblecore” de las criaturas de Bujalski: “Ni rebeldes ni bohemios, permanecen estancados en un estado de distinguida y atractiva semipobreza”. Qué pereza.