COPPOLA Francis Ford (1939-_)

The Godfather (El Padrino) (1972: 10.0)

Vuelvo a El Padrino tres años después de la última vez (en julio de 2013). Y rectifico mi nota previa: ya no tengo excusas para no darle un gigantesco 10, como Dios manda.

Magnética de principio a fin, colosal en todos y cada de sus planos, escenas y movimientos, El Padrino es un monumento de arte, pensamiento, cultura, reflexión y crimen organizado. Ah, la Familia...

No sé ya qué me gusta más. Sus primeros 86 minutos, hasta que Michael (grandioso Pacino) toma las armas, son portentosos, de una perfección que mata: las escenas de la boda, las escenas en el hospital, esos ajustes de cuentas con el productor de Hollywood, la escena en el restaurante en la que Michael da un paso adelante... Pero es que después de esos 86 minutos llega el viaje de Michael a Italia, que visto ahora tiene un toque Amarcord y ¡Qué verde era mi valle!. Una especie de elegía pisoteada por las armas y las bombas. Y qué decir del famoso montaje paralelo del bautizo del hijo de Michael y los asesinatos de los rivales mafiosos de la familia Corleone. Y el plano final de Diane Keaton.

En fin, El Padrino es un 10, sin más. Obra compleja, desoladora, tan lúcida que duele. ¿Lo mejor entre lo mejor? La sutil evolución de Michael, su conversión en Padrino. La sonrisa de su padre (monumental Brando) en el hospital, tras el cambio de habitación. El rostro del papá cuando le cuentan que su hijo bueno, el héroe de la guerra, el estudioso Michael, ya ha ingresado en la senda del crimen, en la senda imparable de la Familia... Sin miedo y sin esperanza.

 

 

(aquí debajo está la crítica que escribí en el año 2010)

 

 

Siendo una película rutilante y compleja, extremadamente entretenida, shakesperiana y, dejemos los eufemismos, una obra perfecta, me resisto (arrogante de mí) a otorgarle un gigantesco 10 porque, vaya por Dios, El Padrino no llega a conmocionarme como ¡Qué verde era mi valle! o La Strada o El Sur o Al final de la escapada

Ni siquiera ese plano final resignado y patético de Diane Keaton, quedándose fuera de la habitación donde sí está su amor Al Pacino (Michael Corleone) y sus sicarios. Plano que por fuerza recuerda al último de The Searchers: con John Wayne en el exterior de la casa (ya tan lejos...) que lo podría haber cobijado. Ah, la familia.

¿Momentos apoteósicos? Hay decenas de ellos en esta obra clásica del cine ya moderno (el uso consciente e impactante del montaje es post-clásico). Por ejemplo:

Toda la secuencia primera de la boda de la hija de Vito Corleone (Brando), una orgía de paralelismos narrativos, circunvalaciones dramáticas, diálogos de potencia corrosiva y oscuridades de texturas y almas.

O la preparación del primer asesinato de Michael Corleone: su integración en la familia, en la hombría, en el crimen, el lado oscuro que habría evitado, para él, incluso su propio padre… Cómo explica Pacino, fríamente, el golpe que va a llevar a cabo, y cómo lo desarrolla luego en el pequeño restaurante, en una escena de tensión irresistible, tras ir al baño, esa pistola que no quiere salir de detrás de la cisterna…

Aunque mi trozo favorito sea el de Michael Corleone en Italia: sus paseos rurales y su cortejo de la joven Apollonia: ambos seguidos, vigilados por viejas vestidas de negro y toscos guardaespaldas con escopeta al hombro. Y el coche, explotando: fin de un espejismo de felicidad tranquila.

Coppola en esta Tragedia cinematográfica sin parangón. Coppola dando carne, espíritu y palabras a aquellos gángsteres italianos de los EEUU. Ofreciéndoles una leyenda artística inalcanzable; una aureola mítica, mística… Un halo criminal, claro: pero de un atractivo envidiable. 

Coppola dando voz y cuerpo, también, al cinismo humano en sus más elevadas cumbres . El criminal despiadado que, ante todo, dice defender a su gente y querer la “paz”. Personas honestas, religiosas, que hablan de honor y libertad, de justicia, de familia y de fraternidad. Ni rastro, por supuesto, de Estado de Bienestar. ¿Solidaridad, igualdad? Ni un gramo de “sociedad”. La ley del más fuerte: las pistolas, las venganzas. El descrédito de la política. El Dinero es el Dios o Causa Última, pero se presenta recubierto de causas más importantes. Ardides para dar el pego. Un engaño o disimulo tan bien pegado a la piel y los labios de los “padrinos” del mundo que casi parece real, comprensible, incluso sentido: claro que para eso Coppola contrató a grandísimos actores. Para que disimularan mejor que nadie. Y para que el espectador se quedase hechizado ante el apogeo de la “vendetta” y la muerte.

The Godfather: indiscutible e imprevisible monumento del Séptimo Arte, obra arrolladora y total que deja cientos de imágenes imperecederas, esa cabeza de caballo apareciendo al fondo de las rojas sábanas… ¿Expresiva, significativa, ética o ya estética?

(El pobre y valiente Roberto Saviano, el de Gomorra, aunque posiblemente se divierta y admire este cine, ¡y él es de los buenos, no se olviden!, acaso se lleve las manos a la cabeza: “de aquellos polvos vinieron estos lodos”, podría pensar, con razones. El arte nunca es “solamente” arte)

(Esas contradicciones asumidas interesadamente como “así es la vida” se encuentran por doquier en los estratos más conservadores de la sociedad, también en el siglo XXI. Por ejemplo en una columna de opinión actual, del señor Ramón Pérez-Maura en el diario español ABC, llamada “Ya huyen de Barack Obama”, mayo de 2010. En la que para dar cuenta del supuesto inicio del declive del Presidente de los EEUU, el periodista aporta el dato de que un congresista de su mismo partido fue elegido, en su Estado, “con un programa pro vida, pro armas y anti reforma sanitaria de Obama”. Repitámoslo: a favor de la vida, contra la salud pública, a favor de las pistolas. Si se repite muchas veces más, cualquiera puede llegar a creerse que es viable y moral: ay, paradojas rematadamente poéticas como la mentada ayudan a conformar un Arco del Triunfo del Crimen Organizado que pasa por ser semi-legal... Un programa digno de El Padrino. Inaceptable pero más que aceptado)