SAUTET Claude (1924-2000)

César et Rosalie (Ella, yo y el otro) (1972: 8.0)

A día de hoy (junio de 2010), ya suman tres.Las películas del infravalorado Claude Sautet que me han sorprendido más que gratamente.

Max y los charrateros. Un corazón en invierno. Ahora es Ella, yo y el otro, ridícula traducción española (parece digna de Ben Stiller o Jim Carrey) de César et Rosalie.

Las tres películas comparten, por lo menos, una insigne característica. El carisma vital y el misterio existencial del personaje protagonista. Michel Piccoli, Daniel Auteuil y, en César y Rosalie, Yves Montand. Tres actores grandiosos, sobre todo Piccoli y Montand.

Insistiré: la interpretación de este último en Ella, yo y el otro es de las más auténticas, febriles y logradas que recuerdo. Del cine francés o de cualquier otro cine. Montand como un Bogart más triunfador pero igualmente imprevisible, sufridor, impetuoso, desesperado. Pero también dulce, conmovedor, enamorado. Montand en sus políticos años de oro: La guerra ha terminado (Resnais), Z (Gavras), Todo va bien (Godard), Estado de sitio (Gavras). Un actor superdotado, tan grande como los más grandes (con Mastroianni, Lemmon, Fernán Gómez, Wayne, Piccoli, Grant y varios otros)

Un Montand enamorado, aquí, nada menos que de la bellísima Romy Schneider. Si alguien me preguntase qué es el glamour, le diría que vea las películas de la Schneider. En César et Rosalie, en una escena aparece incluso con una bandeja, haciendo de camarera. Pero no nos la creemos en ese papel: y de hecho, dura poco. Schneider es la elegancia personificada de clasa media-alta, la belleza sin esfuerzo: una ingrávida carnalidad. Ese vestido abierto por la espalda. Esa pierna que asoma. Esa sonrisa que le dedica a unos de sus dos amores, César (Montand)…

Schneider siempre se mueve, en sus películas, como si perteneciese a la aristocracia (aunque sea una mera burguesa con dinero), una mujer de folletón de lujo, una emperatriz. Pero sus interpretaciones la avalan. Cómo camina y sonríe, cómo luce cuerpo en lindos trajes; cómo vuelve locos a sus hombres, sin ser nunca una loca. De hecho, tiende a parecer más cuerda y sensata que los personajes masculinos que la desean.

Ah, Romy Schneider: tanto en películas infumables como Triple Cross (Young), en otras más interesantes como El asesinato de Trotsky (Losey) o La muerte en directo (Tavernier) y, en especial, en las suculentas con marchamo erótico y criminal como Inocentes de manos sucias (Chabrol) o La piscina (Deray), Schneider siempre parece sacar lo mejor de sí misma… sin darse importancia ni sobreactuar. Siendo Romy Schneider. Sentimental y comprensiva con su hombre y, al mismo tiempo, fría si toma decisiones. Es accesible pero, a la vez, el hombre que está a su lado nunca podrá tenerlas todas consigo. Fascinante actriz.

Tampoco sabe a qué carta quedarse David (Sami Frey), el segundo hombre en discordia de la película. El tercer lado del triángulo: el hombre joven y bohemio, sin dinero pero con atractivo físico y mente equilibrada. Ahí dudará Romy Schneider, entre César y David, dudará entre ambos pues los dos (tan opuestos) son parte de su vida, placeres, estabilidad y sueños. Especie de Jules et Jim con menos ilusión y menos osadía, post-mayo del 68. Todo no va bien.

Años de otra tendencia de cine francés, sección post-Nouvelle Vague. Tipos como Sautet, Deray (La piscina), Lautner (Los senos de hielo), Tanner (La salamandra); o Chabrol (La ruptura e Inocentes de manos sucias) e, incluso, a su manera más pausada y precisa, Rohmer (El amor después del mediodía). Melodramas franceses de la época que explotaban relaciones complicadas, tempestuosas (muchos “tríos”), mezcladas con algunos brotes de violencia (o criminales), algún tipo de misterio o investigación y, en general, bonitos toques eróticos.

Sautet, con extremada sutileza para captar rostros y gestos, y delicadeza en la construcción de escenas (poco zaheridas por coyunturas chapuceras), consigue que su película vaya dramáticamente a más, que interese más con cada minuto que pasa (aportando nuevos matices a las relaciones amorosas y amistosas); y acierta plenamente con su esbelto y congelado final abierto, ese plano de Schneider volviendo al hogar, no sabemos de dónde ni si será para quedarse o no… Un final que me recordó al de Viridiana (un trío de otra condición), qué caprichoso es el cine.

A todo esto, el cine de Sautet, en lo que a mí respecta, también va a más. Veremos.