PREMINGER Otto (1906-1986)

Saint Joan (La dama de hierro) (1957: 5.0)

La Juana de Arco de Preminger, intrepetada por Jean Seberg, fundamenta su solemne reputación como fastuosa heroína en los cantos de sirena de la Patria y del “God & Gun”, como ha escrito Ferlosio. En sus labios están presentes, como una maldición, Dios y las armas, sin matices.

Mujer de armas tomar, nunca mejor dicho, esta Juana de Arco es una belicista iluminada y peligrosísima. Mientras que otros personajes que se encuentra (políticos, soldados y clérigos) se toman la vida con más sosiego, cinismo o cautela, la Juana de Arco de Seberg y Preminger es incapaz de tumbarse a la bartola, beber un trago o jugar a los naipes. En su mente sólo hay un Fin: su vida se encaminará a alcanzarlo, descartando con gran descaro cualquier otro subterfugio de nuestro viaje a Ítaca. No es, así, disparatado que su meta final sea la tortura y la hoguera, ya que ese era el objetivo por ella deseado para los enemigos de su Patria francesa, los malvados ingleses.

En palabras recientes de Javier Cercas, las personas que hablan y actúan como esta vieja reaccionaria llamada Juana de Arco podrían caracterizarse por “un temperamento fanático y una mentalidad totalitaria, lo que los incapacita por completo para el escepticismo, la tolerancia y la ironía…” (“Nuevos reaccionarios”, El País Semanal, abril de 2010). “Born to Die”, en suma. Santos pelmas tocados por la gracia de Dios. Puñetera gracia me hace.

Así pues, tenemos a un personaje ultra en la corte suprema, armoniosa y elegante de Otto Preminger. Curiosa combinación. Se suceden las larguísimas conversaciones. Los monólogos de belicista pureza de la Seberg. Hemos de aguantar el histrionismo del rey Carlos VII, el Delfín, protagonizado (en papel olvidable) por un eléctrico y amanerado Richard Widmark. La película rechina por estos polos extremos: la contraposición entre la joven reaccionaria con cara de ángel Juana de Arco y los, por lo general, toscos y siniestros bufones que la rodean. ¿Sería una treta del inteligente Preminger para poner a Jean Seberg de nuestra parte? Objetivo incumplido, Otto.

La dama de hierro constituye, para quien esto escribe, una decepción premingeriana en toda regla. La teoría del Autor nunca ha sido (¡gracias a Sarris!) perfecta: puedo reconocer en Saint Joan rasgos habituales del cine de Otto Preminger (bellos y modélicos movimientos de cámara; extensas y armónicas secuencias; un personaje singular contra las instituciones; diálogos densos) y, sin embargo, esto no “me hace” preferir esta película antes que otras de similar temática como, se me ocurre, Un hombre para la eternidad, cuyo director estaba, no obstante, menos dotado para el arte cinematográfico que Preminger…

Pero, qué le vamos a hacer: resulta que el señor Zinnemann acertó en aquel momento al otorgarle interés, aplomo e intensidad a su obra sobre Tomás Moro, mientras que en La dama de hierro percibo poco más que matices dialécticos de escasa envergadura y una historia de debates, torturas y fantasmas demorada en exceso, ceremoniosa y sin gran genio.

Otra historia de un ultra llevado a los altares de la Historia y del Cine: de aquellos barros, estos lodos.