ARGENTO Dario (1940-_)

Il fantasma dell’opera (El fantasma de la ópera) (1998: 3.0)

Dario Argento perdiendo no sólo fuelle sino, se diría, su capacidad para (meramente) inquietar un poco a la concurrencia y hasta para el sentido del humor, convirtiéndose en un filibustero barroco,  sobreactuado y ridículo (¡vaya escenitas de cama!). Su obra deja de poseer ritmo, misterio e ilusión y pasa a ser un vertedero de colesterol audiovisual, pura filfa comercial de los últimos años noventa, probablemente una de las épocas más nefastas de la historia del séptimo arte.

Argento dando el papel protagonista a su hijita, la macarra Asia Argento, que se esfuerza inútilmente en parecer una cantante de ópera y ni siquiera sale desnuda todo lo que habría querido; firmando, en suma, una actuación espantosa, aún más cuando canta (horriblemente doblada) y gesticula como si fuese a vomitar.

Un Argento que ya no confiaba en su apetito visual (antaño voraz, abarcador, a ratos sublime), enredándose definitivamente en la sangre, las decapitaciones, el lúdico efectismo, las ratas y las vísceras; tratando sin éxito de enarbolar el mito del cansino Fantasma de la Ópera (interpretado por un abominable Julian Sands): que no deja de ser un psicópata despiadado y cruel que ha crecido entre bichos inmundos. ¿Una víctima de la sociedad? No: un bruto víctima de su propio ego insaciable, una odiosa y demagógica bestia de las alcantarillas coronada, no obstante, por una deplorable aureola romántica que ha tentado a realizadores en horas bajas como Argento o Joel Schumacher (su versión es tan machacona e inaguantable pero, encima, cursi) a realizar películas bobas y refitoleras.

Argento, qué pena, embarcado en un viaje a ninguna parte, acaso condenado a repetir los peores “tics” de su irregular pero atractiva trayectoria, embadurnando su cine de jabón lisonjero, incapaz de volver a dominar el eje cinematográfico del espacio/tiempo como varios lustros atrás: en obras formidables como El pájaro de las plumas de cristal, Profondo rosso o Suspiria. Un Argento debilitado, adulterado, haciendo concesiones sonrojantes y poniendo su cine a la altura del betún; es decir, al mismo nivel que otros bodrios de 1998 como Esfera, Seis días y siete noches, Miedo y asco en Las Vegas, Elizabeth, La máscara del Zorro o Juegos salvajes. En la línea, pues, del más bochornoso, hortera y descerebrado cutrerío hollywoodiense hacia 1998: ¿no será uno de los peores años de la historia del cine?