COPPOLA Francis Ford (1939-_)

The Godfather: Part II (El Padrino II) (1974: 9.5)

Reviso El Padrino 2 en julio de 2013. Me parece aún mejor que cuando la vi hace tres años. Entonces puse un tímido 9; ahora subo a un 9,5. No es un 10, para mí. No llega a conmoverme; carece, en mi modesta opinión, de los cuatro o cinco momentos en verdad sublimes de la primera parte.

El Padrino 2 es desoladora. Michael (Pacino) se convierte en un hombre sin piedad. No perdona. Al contrario que en El Padrino 1, aquí las escenas son más pausadas, más distinguidas, más conscientes de sí mismas; con un fondo ya de decadencia y violenta resignación que se acrecentaría en El Padrino 3

Todos la parte antigua en la que vemos a Vito Corleone llegar a Nueva York y luego su evolución mientras se hace su hueco mafioso entre sus calles es portentosa. Robert de Niro está tan formidable como Pacino. Mi secuencia favorita de acción es cuando planea el asesinato del capo del barrio, y va saltando de tejado en tejado hasta esperarle en las escaleras de su casa. Esas construcciones apoteósicas de Coppola al compás de una celebración en paralelo. 

En fin, es evidente que en este verano de 2013 mi opinión respecto a El Padrino (primera y segunda parte) se ha hecho más positiva y más convencional.

 

(aquí debajo está la crítica original, que escribí en 2010)

 

La Blasfemia. Siendo una obra colosal, majestuosa, lúcida y, se diría, prácticamente perfecta, a mí El Padrino II no me parece mejor que, al menos, tres películas realizadas en el año 2009, a saber: Gran Torino (Eastwood), La cinta blanca (Haneke) y Un profeta (Audiard).

La Blasfemia: Part II. Constituyendo una obra de poderosas texturas, indomables máscaras, una reconstrucción inigualable sobre la propia construcción de los EEUU (fundada en el individualismo, la familia, la ambición perpetua y las pistolas), admitiré que The Godfather: Part II, desde mi ridículo punto de vista (y olfato y gusto y tacto y oído), no llega a ser tan sorprendente, conmovedora y veraz como su primera parte. Quizá sí, insisto, más perfecta y consciente de sí misma (de su perfección shakesperiana, de su aura de clásico moderno, de su gestación de personajes imperecederos); pero acaso también, por la misma razón, algo más plana y predecible, y posiblemente tributaria en exceso de la leyenda de su primera mitad. Y además, no está Marlon Brando. Y, en fin, no detecto ningún momento o escena tan absolutamente brillantes como tres o cuatro que sí detecté y sentí en El Padrino original (tampoco me parece más sugerente o profunda que su vibrante tercera parte, por cierto).

El Crimen Organizado. No sé si el crimen real está tan organizado como vemos en la película de Coppola, Al Pacino y los demás. Lo que sí sé es que la organización estética y narrativa de ese crimen, en pantalla, por parte de Coppola, Puzo, Rota, Gordon Willis y los otros, es tan maravillosa, creíble y, ay, “humana”, que uno no sabe si relamerse de gozo (y así sucede durante 180 de los casi 200 minutos de inmortal metraje) o llevarse las manos a la cabeza. ¿Por qué es el crimen tan humano, tan cercano y atractivo?

Como se dice en la película, poco más o menos: nadie está libre de ser asesinado. Como demuestra la Historia, y la historia norteamericana (e italiana, por cierto) mejor que muchas, da igual que se trate del cantante más famoso, del empresario más protegido o del presidente del país: se puede matar a todo el mundo. A todo aquel que nos estorbe o que nos haya traicionado o que, simplemente, sea competencia nuestra en el “business”.

Armonioso, victorioso, El Padrino II de Coppola se construye de manera más módelica e incontestable que El Padrino I (más irregular, bruta y más de “instantes concretos”), pero quizá por eso su organizado crimen resulte incluso demasiado bello y grandioso y, por eso mismo, vaya, sea casi hasta peligroso para las generaciones de mafiosos y de cinéfilos que están llegando y vendrán (a no ser que, en unos años, ya sólo Los Soprano y Tarkovski sean considerados audiovisuales de prestigio).

Peligro I: la belleza del más fuerte. Entrevistado por L. Galán (El País) 36 años después de El Padrino II (junio de 2010; por entonces él aún no había nacido), Saviano (un escritor italiano perseguido por los padrinos de la Mafia y etiquetado como “amante del protagonismo” por muchas personas decentes) manifiesta que Italia es un país feroz porque “lleva demasiados años sin tener derechos garantizados. Al final, lo que ocurre es que para la gente el enemigo no es el sistema, sino el individuo que ha conseguido lo que uno no tiene”. Y añade: “Europa entera se está haciendo más mafiosa cada vez. Ya no hay un camino común, una economía común a la que proteger de la influencia de las mafias”.

Peligro II: la fortaleza del más bello. En la emocionante y portentosa novela Nocturnes (aunque se pueda ver como una colección de cinco historias más o menos breves), Kazuo Ishiguro inicia su última pieza (o capítulo) en una “piazza” italiana en la que un grupo de músicos toca la partitura de El Padrino para los turistas extranjeros. Lo interesante del caso es que el narrador y protagonista se pregunta si no la estarán interpretando demasiadas veces (van tres seguidas, en esta ocasión), pues aunque a la gente que está de vacaciones normalmente no le importa escuchar una melodía conocida y agradable más de una vez, en ocasiones puede suceder que algunos veraneantes se fijen más de lo debido en este hecho y comiencen a sospechar que ese grupillo de músicos que les ameniza la velada y el verano no tiene en realidad un repertorio decente…

Pero ocurre que, de inmediato, el narrador de la historia atisba entre los rostros de la “piazza” a un tal Tibor…

No pierdan más tiempo: lean Nocturnes, de Ishiguro. Es ya mi libro favorito: tan dulce y cruel y sublime e irrepetible. Sin tipos duros ni seres bellos; sin familias entregadas ni pasiones desatadas ni pistolas rasgando cuerpos. Un libro fascinante que hace reír de patetismo y llorar de felicidad efímera, y que fusiona de una manera electrizante y asombrosa el pensamiento con la emoción, los febriles sueños con las crudas realidades, la definición de un conmovedor espacio con el brutal paso del tiempo.