WEIR Peter (1944-_)

The Year of Living Dangerously (El año que vivimos peligrosamente) (1982: 8.5)

Cuando suena la sedosa, pegajosa y sugerente música de Vangelis (¿o es Maurice Jarre?), y Mel Gibson y Sigourney Weaver se funden en un abrazo sin fondo, mojado hasta el amanecer, sus palabras silenciada por besos y jadeos y sudor como si no hubiera un mañana, este espectador siente que el fabuloso cine sirve también para esto: para vivir, viéndolos, instantes que uno querría poder y saber vivir de manera más activa, instantes que no suelen sucedernos más que en la romántica pantalla que nos atenaza y nos priva de dos horas de otros quehaceres más realistas. Y menos mal que existe un cine como El año que vivimos peligrosamente.

Tantas vidas que carecen de ese riesgo, esa emoción, ese corazón, esa magia, esa sangre. Se nos dirá que es mejor vivir para contarlo que morir en el intento: de acuerdo. Pero aquellos que pasan por asombrosas historias de amor, conflicto y revolución, como el periodista australiano Hamilton (Gibson) y la agregada de la Embajada Británica Jill (Weaver), y además viven para contarlas, esos no necesitarán nunca del cine. Ellos son el cine.

The Year of Living Dangerously es una película de aventuras y romance (el deseo y el peligro de A. Lee) en un contexto extremo, como En busca del arca perdida (Spielberg), de un año antes. Los enamorados optarán finalmente por huir de un entorno que no pueden manejar y tratar de salvar lo único que parece salvable, su propio amor, sus propios cuerpos: Blade Runner (R. Scott), téngase en cuenta, es del mismo año; Hamilton y Gill se saben replicantes. Hay un “algo” en una parte estupenda del cine angloparlante de los ochenta intensamente ingenuo, aventurero y vital, y que se echa en falta en 2010: un componente de apostar fuerte, de dejarse llevar por la autenticidad del corazón y no tanto por la mofa costumbrista o la cerebral sinrazón. Será un cine acaso pesimista respecto de la transformación del mundo, pero está conformado por historias potentes y personajes nobles. Hasta me acuerdo, aquí, de Terminator. Personajes e historias opuestos a la risible parodia y el conformismo minimalista.

El final es feliz y al borde de un avión, en la clásica línea de Casablanca (Curtiz): pero el joven y guapo Gibson no querrá saber nada de Bogart y sí de la atractiva Weaver, que le espera. Los gestos de idealismo extremo ya no eran entendibles: mejor que el individuo no renuncie a su felicidad inmediata porque no hay otra. Por otro lado, la trama de los occidentales intentando adentrarse en los vericuetos del pensamiento y la acción orientales nos remite a obras como la más sombria (años noventa) M. Butterfly (Cronenberg), con la que la película de Weir guarda más de un punto de unión.

Este film australiano constituye, además, una reflexión sobre qué es ser periodista, hasta dónde ha de llegar y dónde ha de detenerse. Weaver, en una frase brillante, le echa en cara al reportero Gibson que añada “melodrama” a su noticia: pero recordemos que noticia en inglés se dice “story”. Los intrépidos periodistas de los conflictos buscan una “story”. El problema es, como nos muestra el fascinante personaje interpretado por Linda Hunt (Billy Kwan), hasta qué punto el profesional de las noticias (fotografías, palabras) tiene que renunciar a su condición de ciudadano, de ser humano comprometido con la justicia. Un periodista que sólo va de periodista por la vida es como un mono con un abanico, una ególatra estupidez. Ahora siempre se oye que el “único compromiso del periodista es con su trabajo”. Ya, ya. Y si es con una exclusiva, aún mejor. Sacar la foto del niño comido por las moscas sin ahuyentar las moscas antes. Misión cumplida: el niño era cosa de la policía.

El gran Peter Weir, esa especie de semi-Erice australiano que nos regala una joya (o, al menos, un film interesante) cada demasiados años, hace mal acelerando la parte final de El año que vivimos peligrosamente. Los últimos diez minutos parecen comprimidos, irreales, una imposición de un productor bruto. Cualquier sabe. Esos últimos minutos deberían haber sido media hora y no lo son. El final feliz no es lo malo: lo peor es cómo se llega a él, con atajos, sin aventura ni misterio ni tensión. A tropezones impostados, mansa y tontamente, sin emoción.

Terminemos. Qué suerte la de estos personajes de ficción, el de Gibson, el de Weaver (el de Hunt es un personaje trágico, sabio, grande, infeliz): conociéndose y amándose peligrosamente y encima llegando, en el último segundo, a coger el avión que les llevará a otros peligros, otras vidas, otros años. Con o sin amor, pero que les quiten lo bailado.

Vivir es compartir: http://www.youtube.com/watch?v=vsBOxDM_Vek.

Sobre el contexto: http://es.wikipedia.org/wiki/Achmed_Sukarno.