FORD John (1894-1973)

The Lost Patrol (La patrulla perdida) (1934: 8.0)

Hombres en guerra (ni una mujer a la vista, únicamente en la nostalgia, el recuerdo). Y sólo puede quedar uno. ¿No es La patrulla perdida un antecedente de Alien, La cosa o Abismo…? Un grupo luchando contra un enemigo apenas visible, en este caso un “octavo pasajero” del desierto; que no se ve pero que, para estupor suyo y nuestro, va asesinando uno a uno a todos los miembros de esta patrulla fordiana.

El malo de la película, “el otro”, no tiene cara ni casi cuerpo. No es humano. Es árabe. Los soldados británicos sueñan con “killing an Arab”, matar a un árabe, pero estos no se materializan hasta el final. Son aún menos visibles que los indios de muchos westerns.

Éste es un Ford abstracto, esquemático, breve, pre-clásico y, prácticamente, pre-fordiano. Incluye pinceladas expresionistas y naïf en esta aventura en el desierto durante la Primera Guerra Mundial. Los jóvenes lectores de Kipling se alistaban con dieciocho años y se morían en tierras extrañas con diecinueve. Pobrecillos: les inyectaron la patriótica fiebre de la guerra (como escribió J. G. Ballard: War Fever).

El infalible desierto, además, añade penuria, cansancio y sed al drama de estos hombres intrépidos; la sed: también protagonista en filmes posteriores como Sáhara, de Z. Korda o en Los tres padrinos, del propio Ford. Ansias de oasis, miedo al espejismo.

Sí es auténticamente fordiana, The Lost Patrol, en al menos un aspecto. Estos hombres, aunque van cayendo uno a uno, lo cierto es que no pierden los estribos hasta el final. Mientras tanto, disfrutan de escasos pero reconocibles momentos relajadamente fordianos: veladas como “story tellers”, contándose juergas o borracheras, o hablando sobre mujeres bellas y bebes recién nacidos. El desierto mata, de inmediato, a otro de sus compañeros y ellos se resignan, jovialmente, y lo entierran con dignidad.

Estos hombres sin futuro no pierden la compostura, aunque sí es verdad que en los últimos minutos, cuando ya quedan pocos, a algunos les entra la fiebre de “kill the Arab”, enloquecen por segundos y se adentran irresponsablemente en un desierto que les arrojará al suelo de inmediato tras un disparo de origen desconocido. Al final, el fortachón Victor McLaglen enterrará a sus compañeros sin un mal gesto.

Digamos, de todas formas, que sí hay un elemento de contraste, y nada tranquilizador, en esta simpática patrulla: es el personaje perturbado de Boris Karloff, acaso el tipo menos fordiano que recuerdo en cualquier film de John Ford. Un fanático nada relajado y sí obsesivo. Un señor que da miedo. Desde el principio de la película nos apetecería que fuese él el siguiente en caer… pero lo cierto es que Ford, el guionista Dudley Nichols o los árabes le alargan la vida mientras, al mismo tiempo, se incrementa nuestra inquietud.

The Lost Patrol es una pieza de cine ameno, simple y locuaz , un cine siempre entretenido sobre hombres a la deriva en una guerra estúpida en la que el enemigo dispara pero no existe.

En aquellos tiempos, años treinta, jóvenes señores del Séptimo Arte como Ford y Hitchcock ya sabían arreglárselas para (sin hacer aún obras maestras) realizar un cine ligero y a la vez sólido, misterioso y de calidad, divirtiendo a sus contemporáneos sin dar el coñazo ni ser obtusos o vanguardistas… Claro, es verdad: acabo de escribir Ford y Hitchcock, acaso los más grandes autores durante los tres decenios siguientes. Con ellos nunca hubo espejismos.