HITCHCOCK Alfred (1899-1980)

The Paradine Case (El proceso Paradine) (1947: 8.0)

Ficciones útiles, egoístas, interesadas, masculinas.

Luys Forest, inolvidable personaje de Juan Marsé (La muchacha de las bragas de oro, de 1978), endulzando, edulcorando, inventando sus memorias, buscando redimir o, más bien, justificar sus pecados falangistas, criminales y burocráticos en la salsa de la ficción: ese “tono” embellecedor, resultón e hipócrita.

Anthony Keane, abogado defensor interpretado por Gregory Peck y creado por Hitchcock (Hichens, Reville, Selznick) en The Paradine Case (1947), fabulando, distorsionando dramáticamente unos brumosos hechos con el fin de inculpar a un inocente y salvar a la mujer de la que se ha enamorado.

Juegos peligrosos, esas ficciones, pueden no obtener los efectos deseados y revertir en el insaciable fabulador. Dos mujeres (Mariana en la novela de Marsé; Anna Paradine, interpretada por Alida Valli, en la película de Hitchcock) desmontarán las ficciones y mostrarán el verdadero rostro de estos tipos respetables, obsesionados y egocéntricos. Sus respectivos finales son patéticos.

El proceso Paradine es una película sobreactuada (más por parte de Peck y Louis Jourdan) y subrayada en lo dramático (primeros planos, “tics” interpretativos) que esconde un enorme atractivo moral y morboso (como todo Hitchcock). The Paradine Case es la historia de un hechizo: el del abogado demagógico y sensacionalista que encarna el noble Peck, que cae en el influjo de la bella y turbadora Valli, que podría haber sido Rebecca. O quizá lo fue.

Fantasmas del pasado, perturbación del presente, imposibilidad de un éxtasis futuro; veneno y sombra y adiós, en palabras de Javier Marías. Hitchcock teatral, maniqueo y casi tan sarcástico como el juez que interpreta el asombroso y terrorífico Charles Laughton, un ser superior: su escena y cena finales, con su esposa, es tan refinada y cruel como lo fue el mejor Hitchcock. Laughton, ese puto genio del LOVE & HATE.

Treinta años después, en el capítulo 13 de la novela de Marsé, la deslenguada, estupefaciente y directa Mariana, la muchacha de las bragas de oro (que nunca llevó bragas), le suelta a su tío Forest estas dos perlas hitchcockianas (una por defecto y otra por exceso):

 

-En mi trato frecuente con los llamados hombres de letras, vengo observando una constante muy desagradable. Hostia, todos os esforzáis en profundizar en el conocimiento de los sentimientos humanos, pero el respeto y la comprensión entre modos de pensar o sentir diferentes no es una de vuestras cualidades más comunes.

 

-Pues mira, ya que lo dices –masculló Mariana-, había pensado ponerme una gillete en el coño para el día que te decidas a penetrarme. Pero creo que haré algo menos incómodo y más divertido.

 

Y eso hacía Hitchcock: algo menos incómodo, algo más divertido, aunque se huela siempre la gillete en el coño, Jaws de Valli.