EASTWOOD Clint (1930-_)

Gran Torino (Gran Torino) (2009: 9.5)

Cuando una película conmueve, por fuerza ha de ser “buena”. Buena para el que se ha emocionado, buena para el que ha visto cómo sus lágrimas saltaban, sin piedad, sin perdón.

Buena para el que se ha reído con las crueldades del actor Clint Eastwood, blandiendo el látigo de cierta intransigencia frente a gentes de otras razas y contextos pero, a la larga, y sobre todo, frente a la tontería, las familias postizas o la supuesta libertad neoliberal que conduce al dogma (lo escribo convencido).

Gran Torino vuelve a Million Dollar Baby. El hombre veterano, solitario y con prejuicios. El gruñón, el cínico, a disgusto en un mundo que no entiende ni comparte. El hombre dispuesto, no obstante, al compromiso, al sacrificio, a una última enseñanza, un último  aprendizaje. Salvar a alguien de las llamas de la ausencia de piedad, prioridades y grandeza (“valores”): esas familias y sociedades perrunas, durísimas, egoístas, frívolas como un “shopping” perpetuo. Ese encuentro con el “otro”, lo desconocido. La belleza de quebrar los propios complejos, corazas rutinarias sostenidas cultural y políticamente.

Gente desprotegida dispuesta a ser protegida por Eastwood. Un Eastwood desamparado que disimula con trallazos verbales, tacos, insultos; defendiendo su dignidad, su coraje, su biografía. La del actor, la del director, la del personaje más o menos “sucio”.

Gran Torino es un clásico.

Lo prefiero antes que Banderas de nuestros padres o Cartas desde Iwo Jima, películas más relajadas y reflexivas. Prefiero al Eastwood embarrado, sin careta, el del látigo y la cerveza, el que ofrece su cara aunque se la partan, el que se obliga a no separarse del mundo en que vivimos sino que se mezcla, debate y dialoga o, como escribe Jonathan Rosenbaum en Cahiers du cinéma España, “habla con el presente” (marzo 2009, traducción del artículo por C. Reviriego).

Y hablar, ciertamente, no es un mero intercambio de impresiones, sino un forcejeo con las formas visuales y los adjetivos, un tira y afloja; lo soez, corrompido y vulgar enfrentado en disputa dialéctica con significados profundos: nada menos que la vida y la muerte, el sentido de nuestra existencia, qué es una familia, cómo somos en el siglo XXI, para qué sirve la religión, qué es la amistad, cómo se origina el crimen, para qué servimos.

Eastwood apuntando a sus víctimas (o verdugos) con su mano, como si blandiera una pistola: pero no la ha desenfundado. Una mano con silueta de pistola pero que, es obvio, no mata. Sólo amenaza, asusta: o se parodia.

Imagen atronadora, corrosiva, monumental.

Lo más turbador, “cool” y subversivo que he visto en mucho tiempo. Me acordé, increíblemente, del Roberto Benigni de La vida es bella, el detenido por los nazis que camina y “disimula”, exagerando la marcha marcial de los soldados mientras le observa su hijito.

Eastwood dando una lección de cine y de vida. Porque, atención, esto nos está enseñando, en sus dos vertientes (mostrar y educar): la violencia trae más violencia siempre. Las pistolas matan y provocan la reacción de otras pistolas: venganzas, retroalimentación, mercado de matanzas.

Uno ha de buscar un sentido a las cosas, a veces dar la vida por algo superior a uno (vidas de personas), como la salvación de alguien más frágil y joven y que merece una oportunidad. ¡Esto nos lo cuenta en 2009 Harry el Sucio!

Eastwood como su antiguo y admirable auto, ese Gran Torino, esplendoroso y de lujo, ese que provoca envidias de vecinos y ladrones.

Eastwood, narrador poderoso, creador de parábolas sobre cómo encajar el mal en la sociedad moderna. Cómo definirnos ante el mal: cómo combatirlo o evitarlo. Cómo aprender a convivir. Cómo sacrificarse. Cómo enseñar: cómo iniciar a alguien en las conquistas vitales y morales.

Clint Eastwood es un clásico, a la altura de John Ford. Palabras muy mayores.