CAMUS Mario (1935-_)

Los pájaros de Baden Baden (Los pájaros de Baden Baden) (1974: 8.5)

La siguiente declaración que Pablo le hace a Elisa no es para tomarla a broma:

 

“Te quiero. No tengo nada que ofrecerte pero, te quedes o no te quedes, es igual. Te quiero”.

 

Ella no se queda y, como podía esperarse, nada es igual. Las palabras de amor son convenciones y, pese a su bello y conmovedor tufillo a desinterés, lo que buscan es confirmar un amor y una dicha, no cimentar el desamor o crear un discurso meramente estético.

Los pájaros de Baden Baden será, probablemente, una de las películas más infravaloradas de la historia del cine español. Y dirigida por uno de nuestros directores más grandes, a su vez bastante despreciado en la actualidad o, como mucho, admirado sólo por (eso dicen: ay) la astucia que demostró al adaptar ese exitazo de Delibes llamado Los santos inocentes. Nuestra cultura cinematográfica es tan mísera que hay personas lúcidas que piensan que el film Los santos inocentes es de Delibes y no de Camus. Mientras no pongamos a la literatura en su sitio, el cine en que vivimos seguirá dependiendo casi exclusivamente de la existencia de guiones más o menos anudados, estructurados o simétricos. Vaya por Dios. Reivindiquemos, por favor, a nuestro único e intransferible Camus.

Una maravillosa Catherine Spaak (La evasión, La escapada…) es Elisa, chica de buena familia madrileña en los primeros años setenta que prepara la publicación de su tesis.

Un endurecido Fréderic de Pasquale (French Connection, La boum) es Pablo, un fracasado nato que hace fotografías y cuida de su maduro hijito.

Ambos se conocen en un caluroso verano madrileño y se enamoran: pero aquel Madrid tampoco era “adventureland”.

Él bebe mucho y pesca poco dinero. Ella cuenta con varios pretendientes y tiene una familia de ricos. Él está resentido contra el mundo y los poderosos. Ella guarda algunas distancias y no odia a nadie. Él es un idealista. Ella es más sensata. Él es un hombre curtido que no ha perdido su sombra. Ella es una mujer joven que no se atreve a tanto. Su felicidad será efímera como efímero es el verano: áquel y éste y todos. Casi una vida entera comprimida en dos meses de placer e infierno, o tedio infinito.

En Los pájaros de Baden Baden conviven las cuestiones de clase social y política (aquella España: treinta y cinco años después, los vencedores seguían venciendo a los vencidos) con una historia de amor intenso y poco extenso. Él, marinero en tierra, sabe que su destino es el de Moby Dick o, como mucho, el tórrido y doloroso de un Último tango en París (en Madrid), mientras que ella aspira a resguardarse de las sombras decadentes de El gatopardo. A él le sobra orgullo y le falta realismo y ella carece, posiblemente, de la valentía necesaria para lanzarse a un abismo sin red.

Estos amores matan, y no es broma. Estos amores que unían glamour femenino con idiosincrasía masculina podían acabar en tragedia. En esos años otras mujeres como Romy Schneider y otros hombres como Yves Montand eran capaces (sí, pienso en Ella, yo y el otro de Sautet) de quererse obsesivamente y hacerse daño al mismo tiempo. La película de Camus es de esa estirpe melodramática que precisaba de un componente social (y hasta ligeramente político) para componer una historia de idas y venidas sentimentales con final más bien infeliz.

Camus, una vez más, demostró que era versátil y que tiene alma: él y su equipo técnico, con el excelente trabajo de sus actores principales (también el niño José Luis Alonso, que lo borda), consiguen que Spaak mire de la manera cautivadora como mira y logran que De Pasquale sufra resacas tan auténticas como las que sufre. Madrid, fotografiado como una ciudad semi-desértica y hasta decadente, es el marco espacial en el que Pablo y Elisa se conocen y se dicen hola y adiós. Camus había visto el cine de Godard (hasta 1967) y Truffaut, y le añade brío clásico, liberalidad francesa y romanticismo hitchcockiano a su estupenda película.

No es obligatorio ver películas sólo para reírse o sentir miedo; tampoco para “no pensar”, como se suele insistir, ya con excesiva y sospechosa frecuencia, hoy día. Uno puede despotricar del cine de Antonioni, Bergman o de Rohmer tan ricamente, y ganarse los aplausos del respetable de la manera más fácil del mundo. Pero uno se burla de que adultos hechos y derechos consideren Toy Story una obra maestra y se gana epítetos como elitista, anticuado o pretencioso o, peor aún: “te pueden los prejuicios”. A veces es más que recomendable acercarse a nuestra historia, cultura y cine de ahora y de ayer y dejarse atrapar (justamente, ¡sin prejuicios!) por un cine adulto, complejo, duro y sentido sobre amores casi imposibles, ganadores y perdedores, marineros en tierra inseguros de sí mismos y estupendas señoritas que no saben qué hacer con su vida. Esto también es cine español, Penélope, hija.

Os quedéis o no os quedéis, os quiero igual.

Pero quedaos.