VISCONTI Luchino (1906-1976)

Il gattopardo (El gatopardo) (1963: 9.0)

¡Oh, estrella! ¡Oh, fiel estrella! ¿Cuándo me darás una cita menos efímera, lejos de todo, en tu reino de perenne seguridad?

 

Esto exclama el príncipe Fabrizio Salina (un arrollador Burt Lancaster), el gatopardo, al final, arrodillado pero orgulloso. La perenne seguridad es la muerte. E, irónicamente, la perenne inmortalidad del cine.

CONTRA VISCONTI. Los que en todo momento le buscan humor o “excitement” a los productos culturales se aburrirán con El gatopardo. Echarán en falta, por ejemplo, un acercamiento más moderno y ligero, gamberro o paródico, por ejemplo éste de Eduardo Mendoza (El asombroso viaje de Pomponio Flato):

 

…Nazaret es una ciudad pequeña, donde las noticias y los rumores se difunden a gran velocidad, y… desde el la víspera se habla de un romano que ha enfermado buscando aguas milagrosas y ahora va por las calles tirándose pedos. Unos dicen que soy un hombre sabio y me llamaban rabí o raboni, que en su lengua significa “maestro”. Otros me llaman simplemente imbécil.

 

CONTRA VISCONTI. Están los que encuentran que El gatopardo, pese a sus indiscutibles aciertos dramáticos y sus excelsas bondades en la reconstrucción de una época, es una película hasta cierto punto fallida por su frialdad, su aproximación no cómplice: porque no provoca emoción. En palabras de Ribin al protagonista y revolucionario Pável, en La madre (Gorki):

 

Tú hablas bien, pero no al corazón, ¡eso es! Hay que lanzar la chispa a lo más hondo del corazón. Con la razón, no te harás con la gente; es un calzado demasiado fino y estrecho, ¡y no les entra en el pie!

 

CON LUCHINO/ HACIA VISCONTI

Intentar, por lo menos, ya no sólo como espectadores de un arte imperecedoro y audaz, sino como humildes aprendices de verdades más grandes que nuestra vida (“bigger than life”), respirar hondo y hacer un esfuerzo íntegro ante El gatopardo. Ante sus tres horas de fluidez exquisita, ante un cine monumental sobre un mundo que se desmorona (en apariencia): compensa a largo plazo.

Optar por la modestia cultural, la curiosidad histórica, el interés cinematográfico; tratar de no guiarse solamente por “lo entretenido”, ese eslogan que Hollywood nos ha ido taladrando lustro a lustro, énfasis tras énfasis; como si el cine no pudiese ser otra cosa. O, mejor aún: como si el cine no tuviese la capacidad de “entretener” (interesándonos ante una pantalla) de otra manera.

Porque el arte de Visconti es amplio, complejo y panorámico, es profundo, bello y social, es cruel, existencial, armónico y crítico con su propia armonía. Acaso sólo Preminger (El cardenal), Bergman (Fanny y Alexander) y Coppola (El Padrino) hayan alcanzado niveles parecidos de insólita credibilidad en la recreación de un mundo (época, lugares), de excelencia en la composición de secuencias y planos (actores y objetos en el espacio/ tiempo) y de elegancia significativa en el movimiento (de la cámara, de los actores).

Dejarse llevar… pero esforzándose, teniendo paciencia ante la mirada total de un genio: esos planos generales, esos individuos perdidos e integrados en grupos (en la batalla, en el baile). Visión y mostración de “cuatro entornos”, un personaje, una familia, una sociedad y un país: a través de un impulso unitario, turbador y coherente, a veces sin salirnos de un mismo plano... Hablamos de un artista del séptimo arte como ha habido pocos. Un arte de choques de ideas y debates (un Thomas Mann del cinematográfico).

Intentar leer a otro gigante, Sánchez Ferlosio (en diciembre de 2009, un artículo a contracorriente sobre la capacidad pedagógica de la publicidad televisiva, “Televisión para niños”, El País):

 

¡Muy mal! Es el sujeto el que tiene que salir al encuentro del objeto, pues sólo en la separación y en el distanciamiento respecto de lo propio se experimenta el mundo como dueño de sí mismo y el objeto de conocimiento como ajeno, desobediente, inapropiable.