MONICELLI Mario (1915-2010)

La grande guerra (La gran guerra) (1959: 10.0)

Y, de pronto, en lo que espero que no sea mi último verano, para mi estupor y placer inmensos, un tórrido día de finales de agosto de 2010, el escasamente prestigioso director italiano Mario Monicelli (eran años de Antonioni, Fellini, Visconti, Rossellini, De Sica...) me regala una obra maestra: descreída, colérica, patética, poética, graciosísima, con algunos de los diálogos más lúcidos que he oído en pantalla o fuera de ella. ¡Y aún está usted vivo, maestro Monicelli! Le agradezco infinitamente a Enric González la recomendación de esta película, que descubrí en una página de su estupendo libro Historias de Roma.

Como señala en un interesante artículo José F. Montero (www.miradas.net/2006/n56/clasico.html), a medida que van pasando minutos, “la sonrisa se va congelando progresiva e indefectiblemente en una mueca de espanto…”. Y es que, siendo sin duda una de las mejores comedias de todos los tiempos, con dos de los tipos más divertidos y caraduras de la historia del cine (los geniales Vittorio Gassman y Alberto Sordi), resulta que se trata también de un alegato (nada tópico) anti-belicista (nunca habrá suficientes), un retrato de una curiosa e hilarante amistad, una original historia de amor, una película de elegante realismo (nada chapucero, ciertas coyunturas técnicas de los sesenta aún no habían hecho acto de presencia) y, por supuesto, una obra bélica: vemos espléndidas batallas filmadas con gran continuidad y perspectiva, mostrando así tanto Monicelli como sus brillantes colaboradores (Rotunno, Novelli, etc.) una generosa amplitud de espíritu y un talento para ser veraces sin volvernos locos. Como habría dicho John Ford, “what price glory?”. Dicho sea de paso, La gran guerra me parece la película italiana más fordiana que he visto jamás.

Los héroes suelen ser unos imbéciles. Y todavía es más imbécil aquel héroe que quiere serlo “a priori”, que sueña con convertirse en uno, que “se prepara” con ardor e idealismo para serlo. Ese repulsivo egocentrismo, ese bombero deseando que arda el mundo. La mayoría de los héroes, encima, son unos asesinos, aunque “pasen a la historia”. O justamente porque se convierten en personajes históricos. Qué horror de gente. Anoté esta contundente frase (no sé si dicha por Sordi o Gassman), por si hubiese dudas al respecto:

 

Si la Patria sólo la defendieran las personas de bien, ¡adiós Patria!

 

Mejor estar contra las patrias que contra las personas. Pero las patrias suelen comerse a las personas en nombre de esas odiosas causas: asesinar por pedazos de tierra, ay pánfilos universales.

Por ahí desfila, admirable, sarcástico, imponente, mordaz, cínico y humano este extraordinario film de Monicelli. La Patria, venimos a deducir, la única patria es el propio cuerpo. El de cada cual; enseñanza que, por cierto, también saqué de la reciente Gran Torino, aunque no creo que fueran por ahí los tiros de la mayoría de fans eastwoodianos.

La gran guerra constituye para este humilde espectador un descubrimiento asombroso. ¿Cómo llevaba yo 34 años sin haber visto esta película? ¿Por qué (estoy convencido) tan escasos espectadores españoles conocen la obra de Monicelli y, en cambio, muchos de ellos sí están familiarizados con Salvad al soldado Ryan, El día más largo o Senderos de gloria? La respuesta es Hollywood, con su creación de hábitos e imposiciones históricas e ideológicas.

Tampoco algunos académicos del séptimo arte o varios de los críticos de cine más informados parecen demasiado impresionados por esta película. Compruebo que, por ejemplo, en el grueso volumen llamado 100 años de cine. Momentos clave (editado por C. Fujiwara), que incluye mil (¡1000!) “momentos decisivos” de la historia del cine, no hay ni una mísera mención no ya a La gran guerra sino tampoco a ninguna obra de Monicelli (ni de Risi, Steno, Comencini, ¡ni del genio Fernán Gómez!). La risa, está claro, va por barrios. Sospecho que si a La gran guerra se le quitase el aspecto cómico (convirtiéndose en una película muy inferior, claro) o la hubiese dirigido Billy Wilder (autor, autor), más críticos la considerarían a la altura de Los cuatrocientos golpes, Ciudadano Kane, El Padrino o Metrópolis, por mencionar algunas indiscutibles obras capitales (para mí, por cierto, La gran guerra es mejor que las cuatro).

Joya del cine humanista, fiero y humorístico, perla del cine entretenido, sombrío y popular (el cine de Monicelli fue muy popular en Italia), La gran guerra no sólo nos distrae, emociona y hace reír y pensar, sino que nos demuestra con absoluta contundencia y talento que siempre ha sido viable realizar obras del séptimo arte inteligentes, duraderas y aptas para casi todos los públicos.