CAMUS Mario (1935-_)

Young Sánchez (Young Sánchez) (1963: 7.0)

Siguiendo el consejo impopular de Javier Gomá (en Babelia, septiembre de 2010), sigo intentando “no estar al día”. Los foros cinematográficos de Internet se llenan de adictos a lo último, “the latest fashion”, Nolan o Bayona, Ming-Liang o Aronofsky. Por suerte, en el blog “Una de piratas” (ABC, Oti R. Marchante) se permite no sólo el debate y la disidencia sino también eso tan sano de no estar al día obligatoriamente. Gracias, amigos.

Porque, ¿qué haríamos, en caso contrario, con un Mario Camus? ¿Es que nadie ha de estar interesado en Young Sánchez sólo porque es una película que dirigió el joven Camus en 1963, sin efectos especiales ni Rachel Weisz ni 3-D ni aureola de clásico ni elementos vanguardistas…?

Basada en el relato de Ignacio Aldecoa, el Young Sánchez de Camus nos enfrenta a un aroma de calle, arrabal y clase trabajadora (la fábrica), un documento con hombres curtidos en mil batallas o bien jovencitos que lo tienen todo para estrellarse. Potencialmente fracasados. Hombres a punto de perderlo todo, sólo que ellos no lo saben. El mundo de Aldecoa y el de Camus. Alcohol y oportunidades desperdiciadas y muchachas buenas y mujeres malas y la ética del trabajo y la moral familiar en tela de juicio. Y el universo del boxeo: la brutalidad hecha deporte.

El protagonista, el entonces jovencito Julián Mateos (luego brevemente especializado en los westerns de poca monta), venderá su alma al diablo para ganarse un lugar en el mundo: es decir, para conseguir más dinero. Casi todo por la pasta. El boxeador veterano (encarnado por el duro Carlos Otero, el de la extraordinaria A tiro limpio) le enseña sus cicatrices entre borrachera y borrachera, pero nuestro anti-héroe aldecoano, Young Sánchez, se guiará únicamente por su ambición y las ganas de salir del barrio y hacerse un hombre, un nombre.

El boxeo: tan cruel y, en Hollywood, fuente de imágenes sensacionalistas e impactantes, evitadas por Camus y su equipo en esta interesante película. Un show sin telarañas ni cámara lenta ni sangre a borbotones. Un show sin show. El realismo camusiano, prendado de la medida humana, sus heridas e ilusiones.

Años sesenta: algún cine español se asomaba, con astucia, dignidad, atrevimiento y notables dosis de genio, a la realidad del país: sus diversas (pese a la homogeneización, que siempre es ilusoria) realidades. Aldecoa y Camus no eran mal equipo para pensar y construir porciones de puñetazos y conflictos lejos de la realidad oficial, la que nunca es real.

El subtexto (como dicen los académicos) homosexual a mí me parece evidente. Y no es inferior al que se vislumbraba en Confesión, de Sokurov (como me descubrió Dina Iordanova desde su página www.dinaview.com). Julián Mateos compone a una promesa del boxeo peculiar: de voz suave y modales dulces, nada de toros salvajes. Ese masaje. Esas miradas. Esas camisetas blancas. Ese cariño (entre tanta crudeza). La compasión de Mateos (rasgo no necesariamente gay, por supuesto) por el contrincante, antes y después de partirle la cara. Esos roces y caricias. Parecían ya rostros (aún no “bien” vestidos”) de la Movida (pop, libertaria, estética, hippy) de Barcelona y Madrid que vendría un decenio más tarde.

Pero más dura, ay, será la caída. Lo que ocurre es que, mientras se gana (tras combates amañados o no), el espejismo de la victoria eterna, de las heridas meritorias y del dinero poco fácil compensan los esfuerzos, los sudores y los pómulos agrietados. Young Sánchez, lo sabemos (porque lo adivinan Aldecoa y Camus), se la pegará antes o después durante su vida: aunque siempre sucedería “después” (y por eso, no lo vemos) de esta veraz y noble película, una obra más en la digna, realista y brillante trayectoria de Mario Camus.

¡No estemos al día!