MEIRELLES Fernando (1955-_)

The Constant Gardener (El jardinero fiel) (2005: 4.5)

A Fernando Meirelles la crítica occidental más juvenil, modernilla, ensimismada y ociosa lo elevó hace ya unos años a las nubes del talento cinematográfico gracias a Ciudad de Dios, manifiesto estético sobre el éxito que suponía llevar la “doctrina del shock” al séptimo arte. ¿Por qué ese “shock”?

Porque a Meirelles, brasileño, por mucho que le importasen los niños míseros y asesinos que pueblan las favelas de las grandes ciudades de su país, no lo demostraba en pantalla: lo que sí era meridiano es que el “package” había de ser violento pero no “realista”: cuando más se pareciese la película a un extenso vídeo-clip, cuanto más tuviese Ciudad de Dios que ver con los anuncios publicitarios de prestigio (mismas estrategias de cámara y montaje), mejor le podían salir las cosas.

El éxito fue rotundo, y no sólo comercial: hoy día, en los foros controlados mayoritariamente por los espectadores estadounideneses, británicos y australianos se considera Ciudad de Dios “la de Dios”; otra prueba fehaciente de que el origen fotográfico y ontológicamente realista del cine (como había escrito Bazin) se estaba pasando de moda (“esos iraníes, qué coñazo”…) y que lo que primaba era el diseño de veloces y distorsionadas imágenes de impacto y moraleja. Ese fue el contundente mensaje de Meirelles.

Y el guante lo recogió, por supuesto, Hollywood, que no suele despistarse cuando da con talentos foráneos que le aseguran divertimento, emoción y, encima, que funcionan con la coartada progresista de los “important issues”: hoy serán las compañías farmacéuticas, mañana la trata de blancas, pasado la prostitución infantil.

El jardinero fiel, en este sentido, se mantiene fiel a los postulados de Meirelles: que son los de la MTV y los creadores publicitarios, sin más. Meirelles no deja quieta la cámara dos segundos seguidos, no ofrece un solo plano que sea veraz, creíble, elocuente; Meirelles confía, sigue confiando, en las ráfagas rápidas, exhibicionistas y confusas. El tema es lo de menos: la película no ayuda, precisamente, a despejar incógnitas sobre hasta qué punto algunas empresas farmacéuticas usan a seres humanos (africanos) como cobayas, o si es del todo cierto que venden sus productos a los países pobres por mucho más del valor de coste, etc.

Tampoco estoy convencido de que al autor de la novela (John Le Carré) en que se basa la película realmente le llamara la atención este espinoso tema, o si era una mera excusa (nada desdeñable) para componer un thriller de acción, suspense y conspiraciones, y establecer una historia de amor (Ralph Fiennes, Rachel Weisz) con la que entretener al público menos entusiasmado con la trama de peligros, revelaciones y sospecha.

Meirelles, que sí goza de ciertas cualidades cinematográficas (sabe realizar significativas elipsis entre secuencias, consigue que sus actores interpreten sus papeles con pasión), cae especialmente bajo cuando no se fía de la capacidad “comprensiva” de sus espectadores y nos obsequia con subtramas mil veces vistas en el subgénero del thriller cosmopolita y, sobre todo, cuando lleva a cabo énfasis visuales (el embarazo de ella, los pies de la muerta, etc.) no sólo inoportunos sino directamente irritantes. Tampoco el diseño esforzado de momentos “poéticos” es acertado: esa combinación de cámara “cool”, música para subrayar y rostros sentimentalmente ateridos. Ser moderno sin interrupción es otro tipo de dependencia, Meirelles.

Como cine de denuncia, la película es un pretencioso lío. Como historia de amor, El jardinero fiel se queda corta y plana. Como thriller (pese a aciertos parciales), a la obra le falta sobriedad y misterio. Como película africana, el film es folclórico. Pero como confirmación de la habilidad de Fernando Meirelles para tirar la piedra reluciente y esconder la mano en la hucha, la película es un alegato perfecto.