NOLAN Christopher (1970-_)

Inception (Origen) (2010: 3.0)

Dicho sea con todos los respetos por sus millones de fans, Inception no deja de ser un mero film de sensaciones y poco más… aunque elevado a la máxima potencia jactanciosa. Como un Avatar con ínfulas intelectuales: pero aquella hoja cayendo de un asombroso árbol en 3-D en el fabuloso planeta Pandora tiene ahora como correlativo en Origen a varios tipos moviéndose y peleando elásticamente en estrambóticas salas, unas cuantas ensaladas de disparos (¡que no falten los asesinatos ni las armas nunca!) y unos increíbles efectos especiales que nos hacen ver, por ejemplo, conjuntos de edificaciones altísimas o sorprendentes cayéndose como fichas de dominó. Hablando en plata: ¡Origen es la hostia!

Ni la supuesta dicotomía política del film de Cameron ni, menos aún, el freudiniasmo tardío, mendaz y atosigante de la obra de Nolan contienen gramo ninguno de profundidad o, coloquialmente, chicha. Pero, mientras que en Avatar la fantasía sensorial era inocente, positiva y agradable, en Inception todos esos farragosos niveles de “sueños dentro de los sueños” resultan puras patrañas psicológicas y estéticas, destinadas a impresionar, supongo, a un público sediento de “cosas nuevas” (eso dicen los publicistas) y, en particular, a todos esos chicos de “ciencias” (frente a los de letras, más sensatos) que flipan (como ante Matrix, Eternal Sunshine of the Spotless Mind, Abre los ojos, etc.) con todo aquello que suponga mezclar realidad y ficción: imaginar y escaparse a otros mundos improbables y misteriosos: paralelos, transversales, subconscientes, cuánticos y mil etcéteras más.

Nolan elabora un, a ratos, apabullante ejercicio visual (en ningún caso hablo de estilo) conformado por piruetas manieristas y terminología psicológica (en ningún caso sociológica: la sociedad, al parecer, no existe; sólo el individuo americano y su familia y sus traumas) frente al que, seamos honrados, casi ningún espectador se entera de nada. Pero, ay, ese era el objetivo prioritario: promover las interpretaciones más o menos viables en torno a “qué pasaba” realmente en la narcisista mente de Leonardo DiCaprio y sus alrededores.

Por supuesto, los ditirambos en torno a Origen no se hicieron esperar: todo aquel film que no fomenta la discusión sobre el mundo en que vivimos tiende a conseguir un éxito de público y, por Dios, también de crítica. De alguna crítica, claro: aquella para la que Tarantino, Jonze y Nolan son más que Hitchcock, Godard y Pasolini.

Cine de sueños: ¿y no hay cierta insistencia ya cansina en jugar a los sueños en las películas? Si cada película, en tanto que ficción, ya nos coloca en una especie de “sueño” donde habitamos durante un par de horas, ¿a cuento de qué viene inventarse enfáticamente más sueños dentro de otros sueños, y aun estos dentro de otros sueños más alucinantes? ¿Y todo para que al final este ambicioso y complicado meollo se reduzca a que Leonardo DiCpario (tras violencia estética muy John Woo, trama cosmopolita muy James Bond, flexibilidad muy Matrix, pretensiones culturales muy El año pasado en Marienbad, lluvia muy Blade Runner, etcétera, etcétera, etcétera…?) se reúna, finalmente, con sus preciosos hijos rubios? Ah, la vuelta del héroe estadounidense al país, al hogar, a la familia, como Cruise en La guerra de los mundos y varios miles de héroes más.

Inception (leo, oigo) supone un antes y un después en la historia de la ciencia-ficción y en la trayectoria aburrida (oigo, leo) del séptimo arte en el siglo XXI. Lo dudo, pero digamos amén. Objetivo cumplido, una vez más, señor Nolan: su audiovisual de 150 minutos inspirado en el más solemne, pretencioso  y confuso ensimismamiento (esa profundidad de Pepsi-Cola) ha triunfado en todos los campos. Dinero, fama y prestigio, ¿y qué más quieres, caballerito oscuro?

MIENTRAS TANTO: entre la indiferencia cinéfila general, ha muerto el realizador francés Claude Chabrol: cinco minutos, tomados al azar, de casi cualquiera de sus mordaces, divertidas, crueles, desiguales y (ay) humanas películas tienen más que ver con nosotros que las dos horas y media de espectáculo sensorial made-in-Nolan: ese artefacto profusamente ceremonioso, ese batiburrillo presuntuoso, multiforme y verborreico llamado Inception. Aquí lo importante es y era no pensar. Ya lo dijo Tarantino (cito de memoria), a su manera, en la clausura del Festival de Venecia (septiembre de 2010): “esto es sólo cine, nada de política”. Cómo mola Nolan.