GODARD Jean-Luc (1930-_)

Bande à part (Banda aparte) (1964: 10.0)

SE TAMBALEABA SOBRE LA CUERDA FLOJA, PERO DECÍAN QUE BAILABA

 

(viñeta de El Roto, un equilibrista, El País, septiembre de 2010)

 

Fue mi primer Godard, mis 23 años; eso no se olvida. 1999, British Film Institute, Londres, cálido verano, ojos como platos.

Leo: Bande à part es “sentimental y despreocupada, romántica y melancólica”. En el estuche del DVD: es imposible, con cuatro adjetivos, condensar mejor la esencia de esta joya libérrima y desvergonzada, nostálgica de un futuro que no llegó, ni se le espera.

Karina, Frey, Brasseur

corriendo por las salas del Louvre, batiendo el récord de la anti-solemnidad y la ligereza y el no saber qué hacer ni qué pensar, ya suicidándose.

Brasseur, Frey y Karina

bailando fuera y dentro de la película: meditabundos y de forma imprevista, bailando para ellos mismos y la eternidad: que siempre es hoy.

Frey, Brasseur y Karina

haciendo el tonto (¡cine mudo!), en clase, planeando un robo que es un desastre, planeando sus vidas para el minuto siguiente, sin pasado, sin futuro, apenas un frágil presente. Juega Godard, con ellos, con nosotros, dejándose llevar por una historia sin mucha historia, construyendo un clima de fragilidad hechizante, portentoso, belleza robada.

Coutard, Legrand, Collin, Ezove, Guillemot.

Godard, Godard y Godard.

Una banda aparte. Band of Outsiders. Provocando y sintiendo que merecía la pena ser testigos de una gran ilusión joven y desnortada, una ráfaga de diversión sólo relativamente alegre. Pastiche, narración seudo-narrativa, sublime con interrupción. La trama nunca se tomó en serio: “olímpica indiferencia por el argumento”, ha escrito Azúa (sobre Proust, Faulkner, Kafka, etc., Autobiografía sin vida). Lo serio era la actitud, la mirada, esos rostros que se desvanecían, esa ficción poética y dicharachera y paródica que temía por su propia vida. Esos momentos irrepetibles de ensayismo anti-académico, de encadenados salmódicos, líricos, desesperados aun en su aparente apatía.

“¿Quién no quiere creer en el cielo azul?”, exclama Karina; y casi se saltan las lágrimas.