TORRE NILSSON Leopoldo (1924-1978)

Martín Fierro (Martín Fierro) (1968: 7.0)

Según Eugenio Trías, en su artículo “Tiempo de cine” (una tercera de ABC, septiembre de 2010), en la modernidad del cine el Tiempo se alzó “sobre el movimiento, que queda entonces subordinado, a través de una narración voluntariamente deshilachada, una acción rota, una oquedad que permite la emergencia de la memoria involuntaria…”. Etcétera. No habría existido el Martín Fierro de Torre Nilsson sin la Nouvelle Vague, que condujo (escribe Trías) a la imagen-tiempo (concepto de G. Deleuze) hacia “la reflexión, al pensamiento, a la filosofía”. Otra cuestión de interés en el artículo es cuando Trías, citando a José Luis Guarner, habla de la novedad del “montaje continuo” frente al “guión de hierro”, como característica de aquel cine moderno.

Y, en efecto, no hace falta ser Jonathan Rosenbaum para sospechar que Martín Fierro no se fundamenta en ningún férreo guión basado en el poema épico del siglo XIX escrito por José Hernández, sino que, partiendo de esa base y premisa, avanza con gran originalidad y enormes dosis de irregularidad por la senda de ese “montaje continuo” o, en otras palabras, por una sucesión de imágenes tanto narrativas como contemplativas, tanto pictóricas como francamente cruentas y tortuosas. Tanto caprichosas y ocurrentes como deudoras del Martín Fierro literario. A este respecto, por cierto, no me pinchen a mí, mejor aquí: http://es.wikipedia.org/wiki/Mart%C3%ADn_Fierro.

Estrafalaria, mítica y mística, visceral, desigual y violentísima, mi Martín Fierro en DVD se detuvo en el minuto 105 (más siete segundos), no permitiéndome ver su final. Cosas de los soportes: a veces fallan. Las condiciones en que se ve el cine también son parte del cine. Mi Martín Fierro es, por tanto, incompleto, y seguirá siéndolo acaso para siempre. De tal forma que, es curioso, mi Martín Fierro es “aún” más moderno: más fragmentario y deshilachado y, por fuerza, de final abierto. Pero no quiero hacer parodias, no ahora mismo.

Torre Nilsson se relaciona, más o menos de igual a igual, con Buñuel, Peckinpah, Glauber Rocha y Herzog. Fin de este párrafo, también abierto.

Épico, traidor, asesino, amante y superviviente, el Martín Fierro que encarna el fiero Alfredo Alcón es inolvidable. ¿Cómo habría sido el film de haber sido dirigido por los directores mencionados antes, e interpretado por otros actores carismáticos (Klaus Kinski, James Coburn, Paco Rabal…)? ¿Es que nadie se anima a escribir una tesis al respecto?

El gaucho Martín Fierro mata demasiado para ser considerado por unanimidad un héroe… Pero hay héroes que matan mucho. El gaucho Martín Fierro es demasiado atractivo para ser visto como un villano indefendible. Pero hay villanos de enorme atractivo para el espectador y el ciudadano. Personaje fascinante, por tanto, sus andaduras son en exceso interrumpidas y acribilladas a balazos (a veces son hachazos) por la metodología (repitamos) moderna de Torre Nilsson. Esta especie de western revisionista argentino (se parece más a Soldado azul que a Bend of the River, vaya) es extremo y turbio, elegíaco y furibundo, y ese cariz de imagen-tiempo (aclaro que yo nunca he entendido a Deleuze) le da un aspecto demasiado descuidado y arbitrario, aunque le permite contener y dejarnos un sinfín de imágenes alucinantes.

Hay que verla sin complejos: admirando cómo se han fotografiado, montado y secuenciado la tierra, el viento, la naturaleza, el fuego, los caballos (por todas partes), la sangre manando, el dolor de los seres vivos, la indiferencia de los montes y las piedras; rostros sucios, bellos e intensos; agresividad, miseria y poesía. Se diría que este Martín Fierro es otro icono sesentayochista, en su sucursal prolífica de América Latina (el Che ya bebía en Jesucristo), en aquella época rebelde, turbulenta, hippie, guerrillera y contracultural. Se adquirió una mayor conciencia, entre otras cosas positivas (negativas también las hubo), de la distancia sideral entre los pobres y explotados frente a los ricos y poderosos. Pobre gente pobre; siempre y en todo lugar.

EPÍLOGO SOBRE EL PROGRESO. Septiembre de 2010, suplemento de Negocios de El País, escribe el Premio Nobel de economía Paul Krugman (traducción de News Clips) el artículo “Los ricos iracundos”, en torno a las quejas narcisistas de los ricos de los EEUU en relación a las subidas de impuestos y asuntos afines. Dos parrafitos:

 

…la minoría iracunda, constituida por personas que sienten que les están arrebatando cosas a las que tienen derecho, está realmente iracunda. Y clama venganza.

 

Pero cuando dicen “todos”, quieren decir “ustedes”. Los sacrificios son para la gente humilde.