HITCHCOCK Alfred (1899-1980)

North by Northwest (Con la muerte en los talones) (1959: 10.0)

MUERTE. Hay Películas-Paradigma. Qué placer reencontrarse (septiembre de 2010) con una de ellas. Hay bastantes, entre otras: Cantando bajo la lluvia, La Strada, Viaggio in Italia, Los siete samuráis, Al final de la escapada, El apartamento. Suponen, posiblemente, visiblemente, un Inicio y un Final de un mundo pero, sobre todo, son productos completos, perfectos, indestructibles. Son estremecimientos. Sobre títulos como los mencionados nada se puede, en lo cinematográfico, añadir. Nada se les puede reprochar. Nos conformamos, sabrosamente, con admirarlos, quedarnos mudos e imitarlos; acaso escribir sobre ellos o, más bien, gracias a ellos; aunque algunos, con todo el derecho del mundo, se empeñan también en analizarlos. Pero “analizar”, o se hace bien y con entusiasmo, o se nos pone cara de bobos. Una anécdota:

Hace unos diez años, en un congreso universitario y, por tanto, académico sobre Film Studies, la ponencia de un muchacho consistía en “desmontar” Con la muerte en los talones en función de un sombrero anticuado que llevaba Eva Marie Saint en una escena de la película. El ponente llegaba a la conclusión, tras diez o doce páginas de artículo y tras una bibliografía de otros cuatro folios (si mi memoria no me juega malas pasadas), de que ese sombrero imposible y “demodé” de la bella y misteriosa Marie Saint sólo podía significar que Hitchcock no estaba al tanto de la moda del momento: la película no era, por tanto, social o culturalmente “realista”. ¡Bravo, muchacho, asombroso descubrimiento! Ya en aquel momento me quité el cráneo.

TALONES. Con la muerte en los talones supone una imponente e imparable sarta de situaciones improbables, por no decir implausibles. Desde su brillantísimo inicio hasta su insuperable final. Es la fantasía más fantástica de un Hitchcock en estado de gracia, en sus dos acepciones principales. La gracia divina. Y la gracia de Groucho. Con la muerte en los talones es la fantasía de un hombre y de todos los hombres. Una fantasía que es una paranoica pesadilla (¡imposible, inexplicable!) y es soñar despierto. “La pesadilla realista”, en palabras precisas de Ray Loriga (artículo incluido en el estuche del DVD, editado por El País). Al igual que Gaudí tenía los suyos, éste es un Capricho de Hitchcock. Un glorioso capricho a mayor gloria de un Cary Grant que nació para realizar este papel antes que ningún otro.

GRACIA, 1ª acepción: Hitchcock “at his best”. La sublimación de lo real en este ejercicio maniático, milimétrico y divertido. Un puro gozar. Nada que ver con lo real, a no ser el confuso contexto de Guerra Fría. A este Hitchcock (más genial que nunca: antes o después) le importaba una higa por qué querían asesinar a Cary Grant. O por qué James Mason era tan malvado y distinguido. A Hichcock no le quitaba el sueño explicar las intenciones (¡reales!) del personaje de Martin Landau (el secundario más intenso y enigmático de la historia del cine). Le importaba un huevo, a Hitchcock, que todas y cada una de las escenas de North by Northwest fuesen absolutamente impredecibles, además de inverosímiles en la realidad “de ahí fuera”. Sólo le interesó el interior de la pantalla, la concepción obsesiva de puesta en escena, los detalles incluso chirriantes por enfáticos de algunos actores secundarios o de varios insertos (de cámara o montaje). A Hitchock le traía al pairo que los personajes fueran todos elegantes, nerviosos pero nada histéricos, y que todos vistiesen traje y corbata; y ninguno, pese a las persecuciones, la inquietud, el miedo y los esfuerzos tremendos (en especial, de Cary Grant), sudaba ni se ensuciaba ni decía una mísera palabrota. 

Hitchcock lo que quería era diseñar la película “quinta esencia” del film de aventuras, conspiraciones, romance y final feliz. Utilizando efectos espAciales. La obra perfecta, la más entretenida que nunca se hubiese hecho. Una obra en la que, como siempre, reafirmaba su visión (yo diría que política y conservadora) según la cual lo único evidente y contrastable en este mundo era el cuerpo, el individuo: ni colectividad ni sociedad ni masas. Un individuo imperfecto pero único y, eso sí, a merced de una trama incomprensible pero perfectamente entendible “dentro del film”. Un individuo que, al final, como en todo Hitchcock, y para bien o para mal (esto que escribo no resulta evidente pero me arriesgo), termina triunfando: pues tiene la capacidad de arriesgarse, exponerse y elegir. Frente a las causas abstractas, los intereses patrióticos, los sacrificios, el desinterés o las palabras solemnes, aquí triunfa el amor concreto, sensual, placentero, desinteresado y genuino de Cary Grant y Eva Marie Saint. Durará poco o mucho: pero eso está fuera de la película. En un camarote de un tren, en una luz al final del túnel.

GRACIA, 2ª acepción: el año en que Hitchcock dirigió este monumento de cine de aventuras tan magrittiano como irrepetible, tan conmovedor como alucinante, el Oscar a la mejor película (en lengua inglesa, claro) se lo llevó Ben Hur. Están locos estos romanos.