ROEG Nicolas (1928-_)

The Man Who Fell to Earth (El hombre que cayó a la Tierra) (1976: 4.0)

 

Con el ascendente destacado del Antonioni más moderno y estético (el de Blow Up y Zabriskie Point), pero aún más atraído por las últimas tendencias en arquitectura, fotografía, tecnología y música rock de los años setenta, Nicolas Roeg volvió a demostrar con El hombre que cayó a la Tierra (tras audiovisuales audaces como Performance y Walkabout) que, si bien resultaba cristalino que carecía de talento tanto para enhebrar un ritmo cinematográfico cohesivo como para representar con solidez los dramas humanos (sin sugerir, tampoco, ninguna manera esencial ni idiosincrática de mirar el mundo), en cambio era evidente que no le faltaba ni el coraje ni la habilidad para rodar productos marcianos con cierto aire de “culto”. No eran filmes cultos, pero lo parecían.

El cantante David Bowie, por aquellos años en un período de voraz agitación artística, le puso cara y cuerpo al peculiar alienígena diseñado por Roeg y sus listos colaboradores. Actores como Rip Torn y Candy Clark se unieron al festín audiovisual en este peculiar film de ciencia-ficción, realizando su trabajo con aparente entusiasmo; intentando creerse una historia que, en tanto que “historia”, es rebuscada, confusa y, en suma, fallida.

A Roeg, como ya sabíamos, le interesaba más la construcción de imágenes (no de momentos) creativas e icónicas, y le motivaba el diseño fotográfico de espacios interiores y exteriores que pudiesen suponer algo diferente a lo que el cine más convencional venía proponiendo. Pero los materiales más nuevos se agrietan antes; los tics de retórica visual tan psicodélica como vacua se anudaban a las corrientes más en boga en aquellos años (al menos en los EEUU y en Gran Bretaña): en campos como la estimulación estupefaciente, la decoración “cutting edge”, el vestuario rompedor y los paisajes desolados y decadentes. La inviable revolución política (y yo diría que social) de un lustro atrás había dado paso a la única revuelta posible, la de ser más guapos y más originales, más mutantes y más individualistas. Y más presumidos y “cool”: un rupturismo con las apariencias, no con el fondo. Es decir, tipos como Roeg pretendieron combinar una ambigua belleza multidisciplinar con un carácter vanguardista y sexualmente liberado (los desnudos van en esta línea). Pero sin ambicionar ya ningún atisbo de crítica de altura sobre otras maneras de estar y de hacer en nuestro planeta natural (y cinematográfico).

Las referencias ecologistas (el agua que falta en el planeta del alien Bowie), comerciales (el poder de las corporaciones), astronómicas (el espacio exterior como mito posible) y de alteridad y fragilidad sexual (nuevas identidades reflejadas, los roles tradicionales puestos en la picota, etc.) están desperdigas por aquí y por allá en este film tan, a priori, atractivo como, a la postre, frustrante, retórico, desigual e insisto, escasamente cinematográfico. Es ya un producto imbuido por la asepsia gélida de los museos de última generación y sus conquistas por entonces novedosas tales como el “happening” y la “performance”, por no hablar del “land-art”: cuando observamos los trabajos de tipos como Robert Smithson, Michael Heizer o Walter de Maria (por ejemplo, en The Shock of the New, de R. Hughes) comprobamos el interés que el paisaje y su intrépida transformación ejercieron sobre algunos artistas ambiciosos y con ganas de ir más allá del tradicional formato “arte”.

De cualquier modo, me atrevería a sostener que, más allá de todas estas consideraciones, volando incluso por encima de la influyente figura (nítida pero mal asimilada) del Antonioni más anglosajón, se adivina la silueta resultona del papá de los artefactos Pop, el señor Warhol; cuyo mayor logro fue probablemente enseñarnos que el arte no tenía por qué poseer ninguna profundidad ni pensamiento ni trascendencia ni “punch” social. Lo importante era ser reconocido por el público, cuanto más masivo mejor; lo relevante era crearse y creerse una estética fácil y clónica: un arte de las superficies para consumidores o (ya) fieles. Estrella, sin duda, de capital importancia en aquellos días (y en el siglo XXI), el impacto de Warhol en cineastas “glam” y modernos como Roeg fue abrumador; lo cual no ayudó, en todo caso, a que El hombre que cayó a la Tierra se convirtiera en un éxito de público al nivel de la Monroe de Warhol. Quizá la personalidad resbaladiza y el aspecto híbrido de Bowie tampoco ayudasen: a lo mejor supusieron un escalón estrafalario demasiado elevado para un gran público más habituado a otro tipo de alienígenas.

 

Conclusión epidérmica digna de Roeg, o poema de Marilyn 

(en El País Semanal, octubre de 2010):

 

Vida-

soy de tus dos direcciones

De algún modo permaneciendo colgada hacia abajo

casi siempre

pero fuerte como una telaraña al

viento –existo más con la escarcha fría resplandeciente

Pero mis rayos con abalorios son del color

que he visto en un cuadro –ah vida

te han engañado