BERGMAN Ingmar (1918-2007)

Saraband (Saraband) (2003: 9.5)

 

-Los culebrones venezolanos o mexicanos, tan picantes, sensacionalistas y melodramáticos, parecen Sonrisas y lágrimas al lado de la portentosa Saraband, película de la máxima crueldad y desolación, otra cumbre en la carrera inalcanzable de Ingmar Bergman, quien volvió a rodar un largometraje veinte años después de Fanny y Alexander. ¿Esperábamos un epílogo feliz, ingenuo o positivo del maestro sueco? Ni una concesión: Saraband es una obra de una desnudez, una originalidad (desde el primer plano de Liv Ullmann rodeada de fotos y mirando a la cámara con calma y descaro) y una grandeza a la altura de las obras más indiscutibles de Bergman.

-Una lección de humildad maravillosa y cruda modestia para el siglo XXI. Si vemos otras películas triunfantes de 2003, año en que Bergman firmó su testamento cinematográfico, nos damos cuenta de que el refrán del ruido y las nueces estaba en uno de sus máximos apogeos: Saraband es a Scary Movie, 2 Fast 2 Furious, X Men o The Matrix lo mismo que Borges a Tom Clancy. Bergman, con unos sobrios decorados interiores, cuatro actores impresionantes y una estructura magistral conformada por un prólogo, diez escenas y un epílogo, demuestra que sabe manejar gloriosamente todos los elementos esenciales del arte cinematográfico: no necesita incluir ningún estrambote colosal en esta película sombría, física y sádica que vuelve a enseñarnos (sin mucho consuelo: o sólo Bach) la soledad inherente al individuo, la tormentosa dificultad de las relaciones humanas (en pareja, padre-hija, padre-hijo, abuelo-hija, etc.) y el significado de la renuncia y del hábito en los poco edificantes vínculos familiares. El ser humano bergmaniano siempre se ha mostrado dispuesto al “carpe diem” pero, normalmente, ha sido incapaz de no zozobrar por culpa de un pasado tempestuoso, una actitud rencorosa (con breves instantes de generosidad) y unos brumosos planes de un futuro que ya sólo será “presente” para los jóvenes más intrépidos.

-Sobresalientes Liv Ullmann, Erland Josephson, Börje Ahlstedt, Julia Dufvenius, exprimidos sin piedad por un Bergman que sabía que estaba rodando su última película y deseaba dejar huella. Unos actores que, fotografiados de manera tenebrosa y sublime por , alcanzan cotas de intensidad dramática y de (cómo explicarme) hondura ontológica que convierten a casi cualquier otra película en remedo de Heidi y El mago de Oz.

-Hay momentos, en este film austero, básico (sin móviles ni ordenadores ni televisores…), teatral (veo a Ibsen) y, al mismo tiempo, rabiosa y creativamente cinematográfico (veo a Dreyer), tan sin parangón en el cine reciente (Ullmann y Josephson desnudándose; Dufvenius tocando con el cello la sarabanda mientras su padre le da la espalda; Ullmann sentada en un banco de la iglesia; la visita postrera de Ullman a su hija enferma; y otra media docena), que lo mejor es, ahora mismo, sin esperar un minuto más, conseguir la película (da igual el formato), sentarse en el mejor sillón de la casa, cerrar las ventanas, apagar las luces, servirse una copa de buen vino y prepararse para presenciar una película tan sencilla como maniática, tan morbosa como sutil, tan sugerente como armoniosa, tan crepuscular como sin miedo a nada ni esperanza en nada (o sólo en esto: el físico contacto humano); punto final a la fabulosa, filosófica e imbatible carrera de (posiblemente) el mayor artista de la historia del séptimo arte.

 

Soy, pues, mi cuerpo, y nada más. La moral procede de él.

(Michel Onfray, La fuerza de existir, traducción de L. Freire)