ERSKINE Chester (1905-1986)

Call It Murder (Llamada a un asesino) (1934: 6.5)

 

¿A alguien le suenan estos nombres: Sidney Fox, Henry Hull, O. P. Heggie, Lynne Overman o Margaret Whycherly? A mí tampoco. Son los peculiares actores que protagonizan esta envejecida rareza titulada Llamada a un asesino. En el inglés original, Midnight o, de forma más imperativa, Call It Murder. Llamemos a las cosas por su nombre.

Porque un asesinato era y es un asesinato. Y da igual si lo ha cometido una desconocida o la propia hija. Eso piensa el protagonista de la cinta, el presidente de un jurado, un hombre justo que en un juicio había puesto contra las cuerdas a una mujer acusada de asesinato. Un tipo que se guía por “The Rule of the Law”: la ley es el principio fundamental de la democracia y de la conciencia tranquila. Y quizá no le faltara entonces (eran los años treinta, los EEUU) ni le falte ahora razón. El problema es cuando el castigo para saldar el supuesto crimen es la pena de muerte, como ocurría en esta película, y como sigue ocurriendo, por cierto, en bastantes estados trogloditas de Norteamérica, tan fiables en estas cuestiones como el Irán o la China.

Hablando de chinos: ¿a alguien le suena Chester Erskine? Pues es el director de esta película, que es bizarra e hilarante se mire como se mire. Parece una fofa y casi paródica “precuela” de Cayo Largo (de Huston, con Bogart), con la que comparte una cierto aroma claustrofóbico, cerrado y tenso. Un drama construido a partir de unos recursos cinematográficos muy limitados que, curiosamente, tienen un encanto (a ratos) digno de Ulmer: esos planos frontales de unos personajes muy morbosos, esos claroscuros expresionistas, esos alucinantes paralelismos de dos acciones simultáneas, por ejemplo el del protagonista abrazando a su hija enamorada mientras la convicta (a morir en silla eléctrica) ¡se abraza a las rodillas de un abstracto sacerdote!

Jamás he visto, ni siquiera en Pickpocket, mayor obsesión por mostrar manos. Insistentes primeros planos, sobre todo al principio de la película: manos que tocan, que rebuscan, que manipulan y manosean, que no se están quietas. Las personas, en esta estrafalaria película, se expresan a través de sus manos. Pero también mediante los pies y hasta las rodillas, por cierto: hay varios planos en los que el centro de atención de Erskine son las extremidades inferiores de algunos personajes. Y no es que pensaran con los pies, para nada, sino que Erskine quiso ser original y lo consiguió.

¿Otro ejemplo pintoresco? La casa donde se desarrolla el 80% de la historia es un ir y venir de tipos con dudosas intenciones. Parece un hogar ingobernable pero nadie parece demasiado nervioso. Da la sensación de que allí entra y sale cualquiera, pero no sólo eso: también sucede que las decisiones las toma siempre el más resuelto: aunque no viva allí, aunque sólo esté de paso. El cabeza de familia, nuestro protagonista, está perplejo ante el acoso mediático… ¡en 1934! (como Capra enseñó en otros filmes). A la vez, este pobre hombre justo tiene algunas dudas sobre su papel en el triste asunto (el alegato de culpabilidad para la chica condenada) y, por si fuera poco, se ve rodeado en su propia casa de gentes poco afables y cotillas que no le dejan en paz: que chismorrean, escuchan la radio (¡la retransmisión en directo de la muerte de la condenada!) o juegan a los naipes. Y, para rematar la faena, su hijita se acusará a sí misma de haber matado a su novio… ¡nada menos que Bogart!

¿Y a alguien no le suena este nombre: Humphrey Bogart? El que quizá sea el mayor actor de la historia del cine se estrenaba por aquellos años en películas como esta joyita, haciendo un papel secundario, atractivo y siniestro, un seductor de chicas jóvenes, un tipo peligroso rodeado de pistolas y compañías poco recomendables. ¡Incluyendo la del propio Erskine!

Por otro lado, el origen teatral de Midnight es más que evidente, aunque sea un teatro enrarecido, extrañamente cinematográfico por el uso ya mencionado de estrategias expresivas y narrativas dispares, e interpretado por actores olvidables (incluido este Bogart). Lo atractivo de la cuestión es que esta obra supone una reflexión sobre la justicia e, incluso, sobre la pena de muerte. Es una interesante película de ideas, como lo fue su casi contemporánea El bosque petrificado (A. Mayo, ¡también con Bogart!), o lo eran a su manera los dramas teatrales de Eugene O’Neill: personajes encerrados entre cuatro paredes intentando explicarse su mundo y esperando la llegada de un ángel exterminador.

TÍTULOS ALTERNATIVOS. Propongo dos: 1) Esperando a B, y 2) Hay que matar a B.

¿Buñuel o Bogart; Borau o Beckett?