HUERGA Manuel (1957-_)

Salvador Puig Antich (Salvador) (2006: 2.0)

30 AÑOS NO SON NADA

Tras observar de reojo los primeros 72 minutos de Salvador Puig Antich (más, lo admito, no pude ver), querría esbozar la siguiente hipótesis: que en el año 2006, más de treinta años después de la muerte del dictador, Manuel Huerga y su guionista descubrieron que el Pisuerga pasaba por Valladolid y que la izquierda sociológica había extraviado sus justas causas. Dedujeron, vaya, que los Bardem, Pontecorvo, Uribe, Camino, E. de la Iglesia y compañía no le habían sacado todo el jugo posible a las luchas anti-franquistas durante el rumboso cine de la Transición. Por lo que, a bombo y platillo, recibiendo todas las subvenciones posibles, fichando astutamente al joven actor de la exitosa Goodbye Lenin (Daniel Brühl) y reclutando a un buen puñado de actores españoles conocidos (T. Ulloa, L. Watling, I. Rubio, más el argentino Sbaraglia, entre otros), Huerga y sus promotores audiovisuales (Mediapro) se sacaron de la manga Salvador, que a mi modo de ver es una hagiografía anticuada, chillona, enfática y petulante del, al parecer, último preso político asesinado durante el franquismo.

ANTÁRTIDA, PART II

En su comentario sobre Antártida, en su clásica Guía del cine (edición de 2006), Carlos Aguilar escribió lo siguiente: “…parte de un guión que no es más que una absurda acumulación de clichés, y apuesta por una estética de diseño que se convierte en fin en sí mismo”. Once años después, Huerga no sólo no había progresado nada, sino que, con todos los medios económicos e ideológicos a su alcance, firmó una película que es, siendo buenos, sonrojante; o sin eufemismos: un desolador insulto a la inteligencia.

TIOVIVO C. 2010

Estamos ante un bodrio españolísimo interpretado de manera patética por todos y cada uno de sus actores, subrayado demagógicamente por abundante música (rock, folk y fanfarria) y montado como una especie de tiovivo video-clipero, sentimentaloide y maniqueo. Que este subproducto recibiera en su momento varias nominaciones a los premios Goya (ganando uno de ellos, ¡al mejor guión adaptado!) constituye, desde la perspectiva del 2010, un suceso en verdad frustrante. Es un dato que habla mal, condenadamente mal, de una porción populista, ensimismada y torpe de la gran familia del cine español. Además, es un preocupante síntoma comprobar cómo varios temas, actitudes y “tics” ya tradicionales (avinagrados, simplistas y sin mérito) de buena parte de la “izquierda cultural” española siguen gozando de cierta bendición institucional, por no hablar de prestigio coyuntural. ¿Quién será capaz de entonar cinematográficamente el muy sano Goodbye Franco?