LANG Fritz (1890-1976)

Moonfleet (Los contrabandistas de Moonfleet) (1955: 9.5)

John Mohune.

En cuanto volví a oír ese nombre y contemplé su rostro, recordé aquellos años.

Vi Los contrabandistas de Moonfleet por primera vez hacia finales de los ochenta, en versión VHS, alquilada en un vídeo-club cercano a mi casa. Eran los años en los que mis hermanas y yo (y mis papás a veces también) veíamos una o dos películas de vídeo el fin de semana. Por aquel entonces, mi afición clasificadora y cinematográfica ya había comenzado: recuerdo que, en nuestro primer ordenador, escribía listados con las películas que iba viendo, poniendo una nota entre el 1 y el 10, e incluyendo ¡dos decimales! Es decir, que veía Willow y a lo mejor le daba un 9,45. Y luego a Cortocircuito, que me había gustado menos, un 7,60, por ejemplo. Bonitos tiempos.

Eran los años del pan con chocolate y el “blockbuster” de Hollywood; mis once, doce, trece, catorce, quince años. Las películas de aventuras, Los goonies, Cuenta conmigo, sobre todo. Y otras de ciencia ficción, Exploradores; comedias, El príncipe de Zamunda; seres viscosos, Gremlins (¡los horribles Critters!); misterio, El secreto de la pirámide; incluso terror, Creepshow. Los filmes de Corey Feldman, Matthew Broderick, Harrison Ford (por supuesto), Molly Ringwald (a una de mis hermanas le encantaba El club de los 5) o Michael J. Fox (mi otra hermana era y es una gran fan de la saga Regreso al futuro).

Qué tiempos. Por entonces yo no distinguía un film de Joe Dante de otro de Fritz Lang. Quizás fuese una suerte. También vivía más relajado sin conocer a Bazin o Sarris (aunque ya “sospechaba” que el director era el artista). Así, una película “de autor” como Los contrabandistas de Moonfleet caía en el mismo saco con todo lo demás que solíamos ver en aquellos risueños años, sin importarme mucho si parecía más antigua o más seria que las demás (que lo parecía): lo esencial era que contenía aventura, misterio, riesgo. Y un protagonista joven con el que era sencillo identificarse. Y un héroe valiente, ambiguo e impredecible, a quien era fácil temer y admirar a partes iguales. Por entonces no había yo leído, claro, a Alain Bergala, que coloca Los contrabandistas de Moonfleet como una de las más altas cotas del cine “educativo”, aquel que implica un aprendizaje de vida (y cine) por parte de un protagonista. Y de un espectador.

Porque el chico John Mohune (Jon Whiteley) aprende, y pronto, que la vida no es un camino de rosas. Que las apariencias engañan. Que las relaciones hombre-mujer pueden ser diáfanas o escabrosas, placenteras o un engorro. Que los hombres mienten, roban, se emborrachan, matan, persiguen sus propios intereses y lo demás cuenta muy poco. Que unos hombres son más fuertes y poderosos que otros. Que el dinero es el dinero y destruye vidas. Y que un amigo es un amigo: como se reafirma en el maravilloso final de esta preciosa (y moral) película. Alegato de lealtad entre las ruinas.

Una obra de 1955 que recoge influencias variadas, literarias, pictóricas: góticas, exóticas, tenebristas, La isla del tesoro, etc. Una obra que compone con humildad, compromiso y guante de seda el gran Fritz Lang: cuyos personajes siempre están constreñidos por sus deseos humanos y las circunstancias históricas o sociales que los aniquilan. Pero ellos intentan escaparse a su suerte sin demasiada fortuna. Aunque lo intentan siempre.

En aquellos años, para chicos de trece años como yo, un tipo como el protagonista de la película, Jeremy Fox (un grandioso Stewart Granger, que nunca estuvo mejor que en Moonfleet), se podía convertir fácilmente en modelo de adulto: no tanto por lo que tenía de admirable, heroíco o ejemplar como por lo que, justamente, ocultaba, disimulaba o sólo sugería. Un mundo por explorar. Incluso los individuos más notables, enigmáticos, bellos, valientes y fascinantes tenían un lado oscuro. Quizá por eso (acaso pensé) eran fascinantes, valientes, bellos y enigmáticos. Porque, ay, nada era puro ni  permanente ni inconquistable. Y casi nada era para siempre. Se me derramaba al suelo la ingenuidad mientras veía bailar a la “gitana” Liliane Montevecchi.

TESORO: http://www.youtube.com/watch?v=KkD_oam1918. Una escena que parece calcada (aun reinterpretada) de Treasure Island, pero sin barril de manzanas. Lección de cine y de vida.