ANTONIONI Michelangelo (1912-2007)

Il grido (El grito) (1957: 9.0)

Aldo (Steve Cochran), con cara de eterno derrotado, sufriente por un desengaño amoroso, protagoniza esta melancólica “road-movie” a pie o, con suerte, montado en el volquete de un camión. Aldo no hace camino al andar, sino justo lo contrario. No va a ningún sitio pero tampoco se está quieto. Antonioni no le deja sentar la cabeza: y así Aldo es un mar de dudas.

Aldo es el obrero que camina (primero con su hija, luego sin ella) por carreteras desoladas, rurales a la vez que (¡el progreso!) industriales, camina como Totó y Davoli en Uccellacci e uccellini pero sin pájaros simbólicos ni la vitalidad de Pasolini. Aldo bajo el paraguas cultural de Antonioni y su primer neorrealismo estilizado: un arte menos humano, más artístico.

Aldo, anti-héroe existencial, apesadumbrado, ofuscado y perezoso, a medio camino entre un “vitellone” de Fellini y un “accattone” pasoliniano.

Aldo, como El extranjero de Camus, vagando y sin sentir nada, o sólo sintiendo que su amor, Irma (Alida Valli), haya dejado de quererle. Aldo, pobre y alienado, ¿quién pide menos?

Aldo, de un lado a otro, encontrándose con chicas guapas e insatisfechas (Blair, Pallotta, Gray, Shaw) que no saben qué hacer con sus vidas. Aldo, atormentado por una Ossessione sin la torridez de Visconti, cebo para mujeres pasionales, marginales, pobrecillas. Hablando de cebos, la trama de Il grido, en su parte central, se parece muchísimo a la de la espléndida película de Ladislao Vajda (con hombre, mujer, niña y gasolinera perdida), tan sólo un año posterior.

Un magnífico Antonioni, en 1957, haciendo añicos la narración (¿cómo resumimos el “plot” de El grito?), jugando al “land-art” (antes de que se pusiera de moda) y apostando por espacios amplios, nieblas bajas, campos desérticos, ríos demasiado tranquilos, casas cochambrosas, carreteras que no van a ningún sitio (y sin “sorpassos”), gabardinas homogéneas, frío barro y míseras goteras; injusticia social, fábricas asoladas de tristeza.

Aldo, nuestro obrero sin obra, nuestro héroe imposible, se pasa la película meditabundo, hambriento, inquieto, fumando, vagando y vagueando. Aldo, ni ocupado ni relajado, es un perfecto y carismático don nadie, rendido a su condición, que camina por una carretera que sólo le lleva al suicidio. Il grido, evidentemente, se debería haber titulado El discreto encanto del proletariado.