VIGALONDO Nacho (1977-_)

Los cronocrímenes (Los cronocrímenes) (2007: 6.5)

Los cronocrímenes es perturbadora… pero lo bueno no dura. Lo es sólo en la medida en que se cree a sí misma; en los instantes en que no nos da la sensación de que está interpretada por descreídos actores de Muchachada Nui.

Los cronocrímenes es inventiva… hasta que le pillamos el truco, que es más bien pronto que tarde.

Y es amenazante… sólo hasta el minuto en que el tipo con el rostro cubierto de vendas se pone de nuestro lado. ¿Cómo? Cuando el director, Nacho Vigalondo, opta por la perspectiva del “malo” (un malo múltiple: “uno” que es multitud), del supuesto asesino: conjugado en pasado, presente, futuro. Cosas del tiempo no meteorológico, el “rewind” y el “fast forward” al alcance de la mano, con sólo apretar un botón.

Porque “el crimen es cuestión de tiempo”: brillante línea comercial. Relativismos: cualquiera puede llegar a ser asesino si se dan las circunstancias oportunas, si aterrizamos en el lugar adecuado en el momento nefasto. Cuando Vigalondo nos coloca en la orilla del asesino, nos esforzamos en verificar que sus heridas duelen, que su sangre es real y que los intensos jadeos no son para asustar ni a los buenos ni al público, sino consecuencia del cansancio, el agobio, del propio miedo del antihéroe a perderse en la nada. El miedo a desaparecer en el bosque metafórico: literalmente, temor a no ser nadie.

¿Subgénero del post-terror? Acaso: no da miedo pero sí inquietud y nos enfrenta al reverso juguetón del horror. ¿Qué pasaría si el temor a los otros se fundara en un cómico malentendido, una risa interrumpida por unas tetas, un chiste deconstruido con motosierra? Este terror no se cree a sí mismo. Es inexpresivo, aséptico, de sobrios trucos (como el primer Halloween de Carpenter pero en plan “cool”). Posmodernismo asimilado: versión “camp” (prácticamente) de Frankenstein y de Dr. Jekyll & Mr Hyde (con esbozos de La momia, El hombre invisible e, incluso, El cebo), con toques “gore” y brochazos eróticos y voyeurismo masculino. Y con la literaria idea del doble (¡del triple!) sobrevolando de manera demasiado enfática.

Acaso (me permito señalar) le faltó a Vigalondo en su faceta como director (como actor es inenarrable) entusiasmarse más, no temerle al cine como contador de historias. Acaso le faltó agarrar su material con mayor determinación y dulzura, con menor distancia irónica.

El talentoso Vigalondo nos somete a una obra turbia pero de baja intensidad, y va perdiendo fuelle en sus escarceos ocurrentes pero algo cansinos entre el Héctor 2 y el Héctor 3 (etcétera). Y esto pese al acierto en el empleo de prismáticos, teléfonos y walkie-talkies. Vigalondo domina la tecnología y se ríe con ella; aunque esto no nos haga reír a los demás.

No tengo dudas de que Vigalondo, digamos, cuenta con más talento y es más “autor” que un K. Serra. Sin embargo, la mayor verosimilitud, intensidad y creencia “convencional” en su ficción hace que Bosque de sombras me parezca incluso algo superior a Los cronocrímenes.

El potencial de Vigalondo es importante. De momento, y en lo que a mí respecta, su debut no deja de ser un enredo atractivo. Pues, pese a su innata originalidad (y aunque algunas tretas de guión se antojen demasiado obvias), esta obra (de otro español que apuesta por el “género” para conquistar Hollywood) se queda en hábil y discutible artefacto narrativo y visual, un puzzle necesariamente paradójico al que le sobra, quizá, algún post- y algún meta- y le falta (es un suponer) más vigor y contundencia y “punch” de cualquier tipo. En todo caso, Vigalondo ganó su primera gran batalla: ha conseguido ser alguien y que mucha gente hable de él (y no sólo sus colegas), y que Variety ponga su película por las nubes psicotrónicas. Ese es su paradigma y su bosque.

Pd. Por poner una comparación, este Vigalondo estaría a la altura de un Edgar Borges, leamos su relato “¿Quién mató al doble de Edgar Allan Poe?”: homenaje a Poe, tributo a Borges, ingenioso mecanismo a años luz de ambos monstruos.