NIEVES CONDE José Antonio (1911-2006)

Surcos (Surcos) (1951: 9.5)

INTRODUCCIÓN LITERARIA. “Pecado es quitarle a un pobre su poquito de ganancia”, dice un personaje al final de la extraordinaria novela La capital, del escritor portugués Eça de Queirós (traducción de J. Coca y R. R. Aguilera). Libro de finales del siglo XIX en el que el protagonista, Artur, abandona el aburrido terruño en busca del éxito literario, glorificante y amatorio de la urbe cosmopolita, Lisboa. Su ingenuidad, desconocimiento e ilusiones se enfrentarán a una realidad mezquina que pondrá a prueba su aguante existencial.

FACES. Miremos sin prejuicios, sin amaños, los rostros de los actores (los personajes) que pueblan Surcos. Miremos sin pestañear las caras, los andares, las actitudes del admirable José Prada, la sufrida María Francés, el duro Francisco Arenzana, la inocente Marisa de Leza, el ingenuo Ricardo Lucía, la ambiciosa María Asquerino, el corrupto Félix Dafauce, el malvado Luis Peña.

Observemos sus maneras de sobrevivir, de quejarse, de dudar; oigamos sus palabras: somos nosotros. Una década después del film, en la novela Tiempo de silencio (Luis Martín-Santos) leíamos aún estas palabras: “…que cualquiera diría que eres de pueblo y que más valía que nunca hubieras venido del pueblo porque eres como de pueblo, hombre”.

Aquellos emigrantes que se iban a Madrid, desde su entorno rural, con la gallina en el cesto eran, a principios de los años cincuenta, poco más o menos que como los inmigrantes que siguen llegando a España de Marruecos o Ecuador, de Perú o Rumanía a finales de 2010. El Spanish Dream.

FAMILIA. Una de las protagonistas, vendedora ambulante e ilegal (Asquerino), sale disparada huyendo de la policía, como hoy día hacen los negros del Top-Manta. La joven chica de pueblo (Leza) logra su gran oportunidad de cantar en un teatro gracias a que se convierte en la protegida (con piso y ropitas y otras cosas inconfesables...) de un señor (Dafauce) que se dedica a todos los asuntos sucios imaginables. Al hijo joven (Lucía) le roban, literalmente, hasta la camisa. Y el hijo mayor (Arenzana) se mete en líos, frecuenta malas compañías y termina con sus huesos en un barranco. Mientras, el papá ya anciano (Prada), no se acostumbra ni a vender chucherías ni a trabajar en la penosa fábrica: su destino realista será la cocina y el delantal, humillado; un viejo pelando patatas.

Esta familia franquista, venida de los surcos del pueblo al bullicio urbano, sólo conocerá el fracaso, la patada en el culo, la guerra diaria, la miseria humana. Ilusiones rotas. Un anti-NODO.

NOSOTROS. Surcos, una de las mejores películas europeas de la década de los cincuenta (y uno de los clásicos indiscutibles del cine español), me toca, me hiere y me enseña en sus dos acepciones: 1) me muestra una realidad (exagerada o no, es absolutamente verosímil); y 2) me instruye sobre los usos y defectos españoles: no hemos cambiado tanto.

Surcos me provoca desazón y me invita a mirar por la ventana, evitando el narcisista espejo. Nos anima a no fijarnos en el propio ombligo sino en el tipo sudoroso con cara de pánico que tenemos delante, o en la pobre chica alegre y triste al mismo tiempo, que se afana en prosperar sin quitarse la faja. Picaresca, jerarquías, intereses, intenso y violento machismo, ignorancia, egoísmo, felicidad efímera, puñetazos.

CINE. Melodrama madrileño realista, intenso y tenebroso. Crudo (no diría yo que tremendista) y con toques de cine negro, Surcos bebe (sin lugar a dudas) de las fuentes más esenciales: Griffith, Chaplin, incluso Eisenstein (ese montaje paralelo) y el neorrealismo italiano (El limpiabotas, Arroz amargo, Bajo el sol de Roma, etc.): en la propia película (como ocurría en La noche se mueve a propósito de Rohmer) se hacen chanzas a propósito de la preferencia de ir al cine a ver una película “psicológica” (como quiere la mantenida del malo) u optar por la nueva moda, el neorrealismo italiano (como sugiere el corrupto potentado).

ESPAÑA. España era y, en cierta forma, sigue siendo así. Con móviles, minifaldas y Google, cierto, con mayor nivel de vida, más ocio y más individualismo, cierto. Pero lo esencial, lo sustancial permanece. Surcos, película españolísima y universal, deja un buen montón de momentos conmovedores y escalofriantes, como ese humo de locomotora ascendiendo hasta la carretera y tapando la figura de un asombroso Dafauce, un repugnante triunfador de toda la vida, que acaba de lanzar a las vías del tren, sin piedad, a un moribundo que aún respiraba, como si fuese un saco de patatas o una bolsa de basura. Y todos podemos llegar a ser basura.

SALVACIÓN. Volver a Surcos, tras once o doce años de haberla vista por primera vez, ha supuesto el redescubrimiento de una pieza maestra de nuestro cine, un recordatorio cruel de lo que somos y de dónde venimos. Y un recordatorio sobre el buen cine que podemos realizar si nos esforzamos. Lamentablemente, la mayoría de jóvenes cinéfilos y cinéfagos del presente, pongamos que de mi generación o por ahí (nací en 1976), andan absortos con zombies, tatuajes, borracheras y thrillers sobrenaturales; con pantallitas, modelitos, “gore” y budismos; con tebeos, chats, poses calculadas y camisetas de Pulp Fiction

Retratar la injusticia y la humillación. Ese sería (en el cine español y no español) un camino de salvación. Volver a las mondas de patata, las suelas de zapato, los míseros surcos.