PABST Georg Wilhelm (1885-1967)

Westfront 1918 (Cuatro de infantería) (1930: 7.5)

1) BUSH. Hoy (9 de noviembre de 2010) ha salido George Bush en televisión, con motivo de la presentación de su libro. Bush justifica el empleo de la tortura porque ayudó a salvar vidas norteamericanas y defiende, asimismo, la intervención armada en Iraq (pese a la ausencia de armas de destrucción masiva) porque la prioridad era la defensa de su país.

Vaya novedad. Por defender a un país se han empezado casi todas las guerras, que a su vez han provocado destrucción y muerte en uno o varios países. Y cuando escribimos “muerte”, en abstracto, no olvidemos que nos referimos a “muertos”: es decir, a hombres, uno a uno.

La torticera guerra y su maldito prestigio. Una carnicería total. La nefasta ley del más fuerte. El fracaso de la convivencia. Una desolación mental y una ruina física. Además de una amputación moral y una miseria económica. Como vemos en Cuatro de infantería, film bélico sobre la Primera Guerra Mundial, los beneficios de la guerra son inexistentes: a no ser que consideremos como rédito que se cree una relación estrecha y leal entre los combatientes del mismo bando. Como señala hacia la mitad de la historia el protagonista, Karl (interpretado por Gustav Diessl): “Es el fango el que nos une”. A los alemanes contra los franceses. Enhorabuena.

2) SPIELBERG. Frente al físico anti-intelectualismo norteamericano, el de un Spielberg en Salvar al soldado Ryan (con ese desembarco de Normandía que busca la complicidad sensorial del espectador zarandeado y de corazón latente), Pabst apenas mueve la cámara en sus batallas de Westfront 1918. Spielberg quería que el público “viviera” la guerra como la estaba sintiendo un guerrero “en tiempo real”. Pabst desea que el público vea la realidad con perspectiva, quedándose fuera de la brutalidad y la sangre, y por ello nos enseña la guerra prácticamente en planos generales: el espectador ha de fijarse en dónde estalla una bomba, en qué momento un combatiente cae abatido por metralla enemiga, quiénes parece que no mueren y siguen avanzando, etc.

Ambos acercamientos son válidos, por supuesto, pero sus efectos son diferentes (ay, los dichosos efectos: porque todo ente estructurado, como escribió Bourdieu, es estructurante). El espectador de Spielberg puede decirse: “¡Qué pasada!” (aunque yo estuve irritado todos esos minutos de desembarco-clip, apartando mi mirada de la pantalla, aburrido por no enterarme de casi nada y no tener a mano un joystick). El de Pabst aspira a contemplar el horror con cautela y a reflexionar un poquito más. Esa reflexión que acaso nos reclame Pabst cuando, al final de la película, nos coloca el The End (en alemán “Ende”) seguido de un signo de interrogación y otro de exclamación. Algo que no había visto yo nunca. Como diciendo: ¿y ahora qué: seguiremos matándonos? Y añadiendo: ¡qué injustificable barbaridad!

3) GILMOUR. Hablando del anti-intelectualismo norteamericano, mencionaré un simpático libro que acabo de leer, Cineclub, del novelista y crítico canadiense David Gilmour (traducción de I. Gómez Calvo). Supuestamente, la historia real de cómo Gilmour convenció a su complicado hijo adolescente para que viese tres películas a la semana a cambio de permitirle dejar el instituto. Las películas comentadas en el libro son, en un 80%, norteamericanas. Otras mencionadas (francesas, japonesas, etc.) tienden a despacharse con eso del “arte y ensayo”. Gilmour buscaba tan sólo que las “emociones” de su hijito se canalizasen en el cine mediante la identificación sincera con otros personajes o situaciones. Al final de The Film Club, el papá admite orgulloso que de algo le habrán servido a su hijo esas “lecciones” de cine. Y su prueba del 9 para evidenciar el éxito educativo es pedirle al voluble nene que, preguntado por la Nouvelle Vague, recite de carrerilla los nombres de Truffaut, Godard y Rohmer. ¡Como un loro! No aparecen juicios sobre estos directores, ni se dice por qué son importantes o cuáles eran sus ideas cinematográficas.

Comparemos Cineclub, de Gilmour, con La hipótesis del cine, de A. Bergala. Se me dirá que son empeños distintos. De acuerdo. Pero ambos libros versan sobre la educación y el cine, me parece a mí. Bergala está convencido de que el cine puede ayudar a mirar el mundo de otra manera y a comprenderlo y a transformarlo. Gilmour sólo cree que, mediante el cine, acaso su díscolo y rapero hijo tome menos cocaína y sea capaz de reconocer ciertos nombres y pase por “enterado” en una conversación de bar inteligente. Como entre Pabst y Spielberg, las aproximaciones culturales son opuestas. Una aboga por el entretenimiento por encima de todo: que el cliente que se acerca a la obra (libro, película) se divierta o se emocione o se identifique. En la otra el entretenimiento requiere cierto esfuerzo activo y consciente del espectador, del lector.

4) PABST. Cuatro de infantería no pertenece a un arte cinematográfico que sea, a mi modo de ver, ya “completo”. Pabst carece del talento, la soltura y el vigor de contemporáneos suyos como Vigo (L’atalante) o Murnau (Amanecer): y eso que los primeros minutos (esos soldados, antes de entrar en acción, tan alegres y frívolos) parecen una continuación entusiasta y natural de la rebelión jovial de los chicos de Cero en conducta (Vigo).

Esta atractiva película sobre los desastres de aquella guerra (de hecho, algunos planos terribles parecen sacados de Goya) es, en mi opinión, demasiado desigual en lo dramático y lo narrativo. Le debe demasiado, yo diría, al cine mudo: hay cierta tirantez y artificiosidad, sobre todo en escenas interiores, en maneras de mirar de los personajes, en planos algo enfáticos. Sin embargo, su originalidad es indudable; por ejemplo, en el uso del sonido (las bombas cayendo fuera de campo) o en la estructura. Las escenas de trinchera, muerte y batalla se intercalan con interludios musicales o actuaciones de payasos. Una mujer sexy y un humorista son las dos distracciones favoritas de un soldado. También existen momentos de drama familiar, como cuando nuestro protagonista vuelve de permiso a su casa y se encuentra a su mujer con otro. Y por qué no hablar, también, de instantes de recogimiento, como cuando vemos a un soldado escribiéndole una carta a su madre. Seguramente, cuando la mamá leyó la carta el hijo ya estaba muerto.

 

ENDE?!