McCAREY Leo (1898-1969)

Love Affair (Tú y yo) (1939: 8.5)

José Luis Garci, en el muy atractivo y sentido libro Garci: entrevistas, coloca Tú y yo (con Un extraño en mi vida y Robin y Marian) en el pedestal ilustrativo de lo que es “el amor”. Y escribe cosas bellas, el director español, acaso excesivamente idealizadas. Pero también esto otro: “El enamoramiento… es el deseo de abrir al otro tu intimidad, tu vida, a la vez que el otro, casi al mismo tiempo, también te abre las puertas de su yo”. A lo que yo tengo, respecto de la película de McCarey, una humilde objeción.

Si esta definición fuese correcta partiendo de Love Affair (primera versión de Tú y yo rodada por McCarey), sería difícil entender por qué el personaje de Irene Dunne, Terry, le oculta durante tanto tiempo (y de manera bastante irresponsable, diría yo) al de Charles Boyer (Michel) que si no había podido acudir a su cita del Empire State fue debido a un accidente de tráfico que la había dejado impedida y en silla de ruedas.

¿Fue por orgullo, por no molestar a su amado? ¿Por una difusa y arrogante idea de que decepcionaría a su enamorado si se presentase ante él lesionada de importancia, incapaz de sostenerse y de caminar erguida? Si esto fuese así, no veo yo de qué forma Terry le estaría abriendo su vida a Michel, por utilizar las palabras de Garci. ¿Cómo podría esto ser posible si, justamente, ella le está ocultando a él lo más importante que le ha pasado en los últimos tiempos, nada menos que un crucial accidente que la ha obligado a cambiar de ocupaciones, a utilizar silla de ruedas, a estar tumbada en Navidad mientras todo el mundo se divierte? ¿Es que pensaba que ella no sería merecedora de su amor en esas condiciones de invalidez?

Sin duda alguna, hablamos de algún tipo de amor, pero no de un AMOR con mayúsculas, que seguramente no existe: ni en Tú y yo ni en ninguna otra película.

McCarey, el original McCarey, ofreciéndonos dosis únicas e irrepetibles de divertidos amores trasatlánticos entre gente millonaria, actuaciones de niños cantores muy pulcros y consejos de clérigos más o menos bonachones. Combinando de manera insólita las vertientes cómicas y dramáticas de las cosas, en palabras de M. Marías: “…esa asombrosa mezcla de cosas trágicas y divertidas en que consiste su cine” (Leo McCarey). Un cristianismo abierto, tolerante, profundo pero jovial.

McCarey, el ligero McCarey, afinando, seguramente sin pretenderlo (no da la impresión de que McCarey pretendiese, propiamente, “nada”), una fórmula (la comedia melodramática, incluso musical) que alcanzó su apogeo en esos años con obras de Capra, el propio McCarey, Potter, Cromwell o G. Marshall. Una fórmula, desde luego, afinada a la manera McCarey, que no es cualquier manera. Este director, hasta donde yo sé bastante denostado o desconocido (aunque el libro de Miguel Marías nos haya ayudado a algunos a apreciarle), sabía cómo otorgarle un peculiar ritmo y un impredecible sentido personal a sus tramas. Como en esa utilización de los juegos simétricos y espaciales de puesta en escena: Dunne y Boyer mirando al muelle donde les esperan sus respectivos prometidos, y mirándose a sí mismos; Boyer y Dunne intentando cenar a solas, sabiéndose el blanco de las miradas y los cotilleos de toda la tripulación del barco. Así hay decenas de estupendos momentos en Love Affair.

Este Tú y yo, siendo una versión más “pura” y al grano que la segunda (la de C. Grant y D. Kerr), me parece (como al propio Marías) un poquito inferior a la que rodó el McCarey maduro. Es más veloz, menos relajada, menos trabajada en sus tiempos y espacios y, también, peor interpretada por el lado masculino (de Boyer a Grant hay años luz). Y además, en blanco y negro, con lo bien que le iba a sentar el Cinemascope a este inmortal melodrama.

Entrar en el universo McCarey implica suavizar prejuicios y lanzarse a una aventura que no es apta para todos los estómagos contemporáneos: sobre todo para los más conceptuales y anti-emocionales, que despreciarán esta obra (injustamente). A mí me admira el juego de seducción entre los protagonistas y, sobre todo, me impresiona ese Empire State magnífico entre brumas y, más aún, ese Empire State reflejado en una ventana por la que mira (y lo mira) una Dunne que ansía que llegue la fecha señalada para acudir rauda a la estrafalaria y atrevida cita con el hombre que ama. Para mí, la imagen más brillante de toda la película. Ese rascacielos poderoso, omnipotente (qué lejos quedaban los tiempos de Al Qaeda), obviamente fálico, majestuoso, inalcanzable: tan cerca y tan lejos.

Precioso y significativo el momento en que Dunne explica su accidente: iba tan embobada mirando hacia las alturas (la cita en el piso más alto del rascacielos, el Amor como ideal…) que dejó de mirar el suelo por donde pisaba. Y llegó la bofetada de la realidad, el automóvil, destruyendo su sueño del Amor con un golpe seco, al menos temporalmente…Y es que McCarey no era ningún ingenuo, como tampoco lo era el Capra de ¡Qué bello es vivir!, que en muchos ratos parece una película de terror. Porque la vida será bonita, sí, pero nos aguarda con el cuchillo entre los dientes. Parece como si la felicidad hubiese que ganársela con el sudor de la frente: merecerla a través de sacrificios y penalidades.

De ahí que, volviendo al inicio, me extrañe sobremanera que Dunne arriesgue tanto su futura felicidad con Boyer negándose a revelarle su actual postración física: negándose, en suma, a admitir la realidad. Claro que para eso están los guionistas, regalándole al muy improbable artista Boyer unos momentos de espléndida epifanía en los que deduce, en la bonita escena final, que la pobre chica en silla de ruedas que le compró su cuadro más querido es la propia Terry, su tullida enamorada. Fabulosa treta melodramática que, no obstante, vista desde el presente (noviembre de 2010), resulta tan inverosímil como absolutamente fascinante.