HITCHCOCK Alfred (1899-1980)

The Wrong Man (Falso culpable) (1956: 8.0)

Previa, nada menos, que a cumbres virtuosas e inalcanzables como Vértigo y Con la muerte en los talones, The Wrong Man es un Hitchcock menor (¡hasta el minuto 12 o 13 no ocurre nada relevante!) en torno a su tema favorito: el falso culpable. El hombre más o menos corriente (siempre elegante y trajeado, eso sí) envuelto en una pesadilla paranoica en la que todos le señalan como culpable de algo que él no ha cometido ni pensaba cometer.

Era éste un subgénero colosal en aquel Hollywood tenebroso de Hitchcock, Lang, Ulmer, Preminger, Maté, incluso Anthony Mann (la estupenda Dos en la oscuridad) o Kazan (Pánico en las calles): el hombre (no la mujer) atrapado por circunstancias ajenas a él y, en apariencia, atrapado sin salida. El hombre rodeado por una conspiración que parece dictada contra él por su peor enemigo. El hombre incapaz de controlar su destino porque alguien ha jugado a los dados con su fortuna.

Pero el Hitchcock de Falso culpable es menos cruel que otras veces y le otorga una salida de emergencia al héroe, Henry Fonda, inmerso en un tinglado delictivo y judicial: Hitchcock y sus guionistas se inventan un milagro, casi al estilo de ¡Qué bello es vivir! pero sin ángel. El verdadero criminal, el “doble” de Fonda, actúa de nuevo y es capturado por la policía, permitiéndole así a nuestro héroe probar su inocencia (ya que su culpabilidad se daba por demostrada). Un milagro que, no obstante, no incluye a la esposa de Fonda, una fulleriana Vera Miles que, muy afectada por los acontecimientos, ha perdido la cabeza y ha sido ingresada en un hospital mental… Del que la sacará el bromista Hitchcock a través de un intertítulo final, un Happy End que nos informa que dos años después el personaje de Miles se curaría, saliendo entonces del centro psiquiátrico... Mejor así: que el público no volviese a casa, tras el cine, con el estómago encogido.

Se diría que esta kafkiana Falso culpable es, en cierta forma, la película más “documental” de Hitchcock, algo al estilo de aquellas que rodaría Fleischer sobre estranguladores; en buena parte de la historia, tanto de la investigación como del juicio, asistimos a un Hitchcock frío, milimétrico, realista, objetivo; poco atento a las emociones, como rodando un reportaje criminal que sólo en su parte última volverá al sano y excitante mundo de la ficción pura y dura.

OBVIO EPÍLOGO. Es horrible que a uno lo confundan con otro, sobre todo cuando la vida de ese otro corre peligro de cárcel o muerte. Hitchcock ajusta cuentas con las apariencias y con las verdaderas “malas” de la película: las dos mujeres que habían señalado al pobre Fonda como el “hombre culpable” no se dignan a mirarle una vez que ya han identificado, ¡de nuevo!, al supuesto ladrón auténtico. Avergonzadas pero, aún así, arrogantes, estas señoras burocráticas y aburridas representan la tontuna humana en su más febril esplendor. Pues nos repitió cien veces Hitchcock: somos frágiles, los humanos, y tontos y obsesivos y nada solidarios (el desinterés no existe) y, por si fuera poco, también somos cotillas y fisgones y bastante irracionales, presas fáciles de nuestra juguetona mente y del sensacionalismo de las grandes causas y las apariencias… Como esa apariencia de Hitchcock como “mero” mago del suspense. No seamos tan obvios.