SPIELBERG Steven (1946-_)

Close Encounters of the Third Kind (Encuentros en la tercera fase) (1977: 4.0)

Parida en los años del florecimiento del “blockbuster”, Encuentros en la tercera fase anuncia y fomenta al menos tres tendencias bastante nefastas de la cultura cinematográfica (y no cinematográfica) que llegaría de inmediato, y así hasta nuestros días:

1-TECNOLOGÍA COMO DIOS Y DOGMA PARA MATAR EL TIEMPO. Teléfonos, televisores siempre encendidos, coches y trenes eléctricos, muñecos a pilas, mandos y controles, pilotos y demás chismes automáticos, avanzadas máquinas de la NASA, computadoras con botones de colores, sintetizadores gigantes, automóviles de todos los tipos, helicópteros, aviones y, ¡faltaría más!, naves espaciales. Que no se diga que no somos modernos, que no estamos a la última. ¡Viva la ciencia!

En un perspicaz artículo, “Ciberprogreso, mito creciente”, escrito 33 años después del film de Spielberg (en El País, octubre de 2010), Margarita Rivière llamaba la atención sobre el auge y ya pleno asentamiento del “mito tecnológico”, “religión contemporánea con millones de seguidores, es más un fenómeno comercial que inteligente”. Y añadía, de manera aguda: “Una de las condiciones imprescindibles es que la máquina entretenga. No se trata de aprender, sino de pasar el rato”. Eso Spielberg ya lo tenía clarísimo a mediados de los años setenta: ¿lo llamamos visionario, genio o chico listo?

2-NO ESTAMOS SOLOS. Tras la tecnología, el otro gran sustento del mito spielbergiano es la santa superstición. Los alienígenas, los ovnis, los fenómenos paranormales. A Spielberg el mundo real se le quedaba pequeño. La nueva frontera había de situarse en una galaxia lejana. Las inquietudes y frustraciones de los personajes principales, “decent Americans” (Richard Dreyfuss y Teri Garr), se solucionan cuando “sienten” algo diferente, una sensación extraña, placentera y conspiradora que proviene del más allá. Sus problemas no provienen de sus familias o trabajos, de la crisis económica o de traumas psicológicos. Para nada, monada. En cambio, ambos pintan una montañita que luego se hace real. En fin. Ellos, claro, “no entienden” lo que les ocurre y, por supuesto, los demás tampoco les comprenden porque “no sienten” lo mismo. Pero sus profundos sentimientos encuentran empírica verificación cuando comprueban que los marcianitos venidos del cielo (buena gente) sí que existen, y que eran esos seres los que les habían causado tan especial desazón. Vaya por Dios.

El anti-intelectualismo americano es férreamente promovido por Spielberg en este film para niños. La coartada de prestigio es Peter Pan, supongo.

3-LA DICTADURA DE LOS NENES. Spielberg, Lucas y otros tipos habilidosos se percataron del filón de realizar cine para niños. Estos empezaban a cobrar una relevancia desmedida, una posición social central e indestructible: comercialmente hablando. Pues ellos tenían “sus” gustos (al parecer, eran genéticos) y los mayores habían de darles satisfacción, dejarles en paz y concederles todos esos únicos e irrepetibles deseos. Los niños de Encuentros en la tercera fase son repelentes: o chillan caprichosamente o se hacen místicos. Qué horrores. Es muy ilustrativa la dificultad del papá Dreyfuss, al inicio de la película, para dar con soluciones de diversión y entretenimiento para sus exigentes hijitos. Él les propone que disfruten de Pinocho, pero a los ruidosos chavales el muñeco de madera y nariz larga les parece un solemne coñazo. Ellos querrían algo más excitante… Desde ese momento se abre la veda para que ocurran sucesos implausibles y espectaculares: aparecerán, así, los ovnis pocos minutos después. ¡Ya los niños podrán distraerse con cuestiones sobrenaturales de más calado! A la mierda Pinocho.

Spielberg, por tanto, entra en escena y, con él, el éxtasis de la inteligencia emocional, la ideología de la “conspiranoia” y el apogeo de las herramientas tecnológicas convertidas en fines en sí mismas. Mientras tanto, el pobre François Truffaut, actor en la película, con ese papel de inexpresivo francés que busca entender a los alienígenas y al “americano medio”, se esfuerza por no parecer ni el tonto ni el malo de la película. Pero no lo consigue del todo, penita me da.