KUBRICK Stanley (1928-1999)

2001: A Space Odyssey (2001: Una odisea en el espacio) (1968: 9.5)

Reviso en marzo de 2016 2001 y no me queda más remedio que rendirme a la evidencia. Una película de ciencia-ficción lenta y ralentizada (en comparación con casi todas las demás), elegante como una ópera, con los ritmos pausados e inquietantes del espacio exterior.

Es muy aprovechable un artículo de Emilio de Gorgot en Jotdown, donde nos ayuda a interpretar correctamente la película.

Más allá de la interpretación (o más acá, como nos aconsejaba Susan Sontag), 2001 es una experiencia sensorial deliciosa y extrañísima. Sigue siendo una de las películas más raras de la historia del cine. Entre las más impenetrables. Es como el monolito famoso que aparece en cuatro ocasiones en la obra. 

 

(Aquí debajo, mi anterior crítica sobre la joya de Kubrick)

 

“No llamemos arte al arte contemporáneo”, le dijo Marc Fumaroli a J. M. Martí Font hace unas semanas en El País (septiembre de 2010).

“Esto no es una pipa”, exclamó la mentirosa pipa de Magritte (que SÍ era una pipa) hace muchos decenios.

¿Es 2001: Una odisea en el espacio una película de ciencia ficción?

Pues bueno, siempre que aceptemos dinosaurio como animal de compañía.

Y a todo esto, ¿a qué se dedicaba el estrafalario y perfeccionista Stanley Kubrick en mayo del 68?

Pues, encerrado en su guarida, a fabricar este asombroso Perro Verde del Cinematográfico, una de las películas más herméticas, bellas, eternas e indescifrables de la historia. Un cine que, por supuesto, a) puede interpretarse de mil maneras, y b) puede meramente disfrutarse.

Me salto el apartado “a”, que para eso están Google y los Film Studies. Me da igual lo que signifique esta película; carezco, en verdad, de las ganas y el talento para esbozar teorías sobre 2001. Además, a todos nos gusta, al menos de vez en cuando, ir de enigmáticos por la vida y jugar a ser seudo-Susan Sontag. Aunque estemos a años luz.

Porque 2001 puede, y debe, disfrutarse en al menos dos sentidos:

1) Como obra de misterio, terror y suspense en la que no sabemos ni a dónde vamos ni de dónde venimos ni quiénes son realmente los malos (sobre 2001 revolotea, sin cesar, la idea del Mal y la Justicia como ambiguas entidades).

2) Y como cine esbeltamente musical, trenzado en torno a suntuosas melodías y naves espaciales que circulan y se cruzan (¡en un gélido estudio de la Gran Bretaña, apogeo del anti-neorrealismo!) con suavidad legendaria. Un cine pausado, inmutable, elegante, de estética formalista: esas ráfagas de colores y movimientos perfectos, equilibrados, bellísimos. Ese mobiliario de Ikea, ¡varios lustros antes de que naciera Ikea! Un cine de elipsis tremebundas y “continuidad” pavorosa (ese hombre corriendo y dando vueltas… ¿por qué Kubrick nos lo muestra durante tanto tiempo?).

2001 es como el monolito que aparece en la propia película. El monolito rodeado de monos. El monolito descubierto en un planeta desconocido por la tripulación que proviene de un planeta conocido: la Tierra. El monolito de la lujosa mansión del final, justo antes de que el solitario astronauta se haga más viejo y luego aún más anciano y quede postrado en la cama; justo antes de que se convierta, atronadoramente, en un enorme y terrible bebé, o un crecido feto, habitando un planeta entero. El ser humano como un planeta más y en órbita o, yo qué sé, acaso como una solemne escultura en el tiempo, que habría dicho (el pesado de) Tarkovsky.

2001 es fría, suntuosa y despectiva de lo humano. Cine superior. Quizás demasiado superior.

2001 es una odisea en el espacio cinematográfico y kubrickiano.

2001 es un prodigio de irrealidad sin parangón en el cine previo o posterior.

2001 no es un film de ciencia ficción pero, por momentos, casi lo parece. Pero mejor no clasifiquemos, sin más, como cine de género ninguna obra de Stanley Kubrick.

Encuentros en la tercera fase es a 2001 lo que Heidi a La cinta blanca.

Epílogo: lo añado por si acaso.