ALLEN Woody (1935-_)

Cassandra's Dream (El sueño de Cassandra) (2007: 8.0)

Exceptuando Vicky Cristina Barcelona (y quizá el “prejuicio” de ser español jugara en mi contra al apreciar esta obra), todas las demás películas (llamadas) menores de Woody Allen serían mayores para muchos de sus colegas más talentosos.

El sueño de Cassandra es un tipo de película europea que Allen ha rodado, durante el siglo XXI, fuera de Nueva York, y la crítica la ha ninguneado con cierto paternalismo irritante: Allen fuera de su hábitat natural, Allen desconectado de lo moderno, Allen atrofiado y sin frescura, Allen espeso y clónico, etc.

En cambio, a mí Cassandra’s Dream me parece un film notable y valiente, rodado con enorme solidez dramática, agilidad narrativa e interpretaciones estupendas: Ewan McGregor y Colin Farrell no están, a mi modesto entender, mejor en ninguna otra película que yo haya visto. Y Tom Wilkinson vuelve a demostrar que es un actor experimentado y polivalente y que, como Andrés Iniesta, juega bien allí donde lo pongan.

Cierto que se le puede echar en cara, a Woody, que el cosido final del film peque de cierto manierismo dostoievskiano y, sin duda, habrá quien señale que el último “twist” no es verosímil y que, en este caso, el sentido de supervivencia de los personajes no les llevaría a tan brutal sacrificio. Sin embargo, el suave y esbelto fluir de las inteligentes situaciones y brillantes conversaciones que construyen la película hace de la obra poco más o menos que un suceso rohmeriano, un cuento moral: contado con más gracia e intriga pero menos naturalidad.

El tema del azar, por otro lado, que tanto ha conquistado al Allen anciano, vuelve a aparecer y no viene demasiado traído por los pelos. Este Allen sigue inmerso en su imaginario de toda la vida y, a la ligereza consabida (de puesta en escena, de levedad dramática), hemos de añadir un punto más desesperado y pesimista, como si Allen ya no confiara demasiado en los seres humanos y se limitara a inventar ficciones que nos dejan a la altura del betún, presos de nuestras ingenuas ambiciones, corrompidos por el egoísta dinero y capaces de matar a nuestro hermanito.

Le deberíamos agradecer al gran Woody Allen que, ni siquiera en sus momentos más espesos o banales, haya caído en los “temas ingeniosamente anodinos o inocuos”, en palabras de Savater en su tributo (“Generosidad”) al Premio Nobel de Literatura Vargas Llosa en octubre de 2010 (El País). Allen nunca realiza meros artefactos frívolos o juguetones; por el contrario, sus tramas y personajes se enfrentan a conflictos universales que resultan no sólo perfectamente reconocibles y bien construidos, sino que, además, jamás aburren.