BOYLE Danny (1956-_) / TANDAN Loveleen (?)

Slumdog Millionaire (Slumdog Millionaire) (2008: 6.0)

Lo mejor de Slumdog Millionaire es, sin duda, la canción “Paper Planes” de M.I.A., absolutamente irresistible.

Esa especie de chulo y light hip-hop pasado por Bollywood. Justamente, eso es Slumdog Millionaire:

Bollywood transcrito por un astuto y perspicaz occidental, experimentado en el  mundo de los vídeos musicales, el lenguaje publicitario y las últimas tendencias en la moda y la música juvenil. Domina, Danny Boyle, la fusión de los códigos visuales, icónicos y acústicos, a la perfección.

¿Es Zadie Smith su equivalente en literatura, por cierto?

En un artículo particularmente torpe, en mi opinión, en torno a la última película del mexicano Iñárritu, Biutiful, Jesús R. Mantilla señalaba en El País (diciembre de 2010) que “Madrid también es ‘Biutiful’”. Mantilla daba, a su manera, en el clavo; lo que yo rescribo para el caso presente: la India también es MTV. Por decirlo suave. Los niños pobres y semi-asesinos se nos pueden ofrecer de manera atractiva, entretenida y ágil. Mucha violencia pero siempre “cool”. El plano no durará más de dos segundos. El manierismo dinámico de la imagen ha de poner al espectador siempre contra las cuerdas. No podrá pensar ni aunque lo pretenda.

Pero conste en acta: es imposible aburrirse con esta película. Imposible.

Uno podrá emocionarse con la historia de amor o irritarse por la frivolidad de Boyle para exportar el “American Dream” a la India de brutales contrastes.

Uno podrá divertirse con el suspense del concurso televisivo (en España presentado durante bastante tiempo por el gracioso por C. Sobera) o ponerse de mal humor ante las burdas técnicas de montajes paralelos y trucos dramáticos que utiliza Boyle.

Pero aburrirse, jamás.

Boyle controla el ritmo de las imágenes y sonidos con un sentido agudo y posmoderno: él está representando (“leyendo”, diría) el mundo contemporáneo a la misma velocidad de superficies (Internet y pantallas miles) que un 80% de la población del mundo occidental. Sabe lo que vemos, lo que somos, a qué velocidad nos movemos. Sabe que, hoy día, prestar atención a algo más allá de unos segundos es tarea imposible. Así que coge el toro por los cuernos y lo sabe hacer muy bien. El toro somos, aquí, nosotros.

Boyle nos regala, por tanto, un pulido culebrón que podría haber firmado un Meirelles (El jardinero fiel está rodada con el mismo tempo o lenguaje) o cualquier otro de esos autores llamados “líquidos”: han incorporado las estrategias impactantes y atractivas del spot y del vídeo musical, pero no se han tomado la molestia en profundizar en ningún aspecto ni en conseguir un estilo propio. Aunque esa es su fuerza audiovisual, por otro lado.

Por mí parte, no me he aburrido en ningún momento. Y, a ratos, admito que hasta me he sentido “tocado” por el vaivén fulgurante de la combinación imagen-sonido (así como cuerpo y alma) orquestada por Boyle y los suyos. Y, por supuesto, me lo he pasado de rechupete con la canción de M.I.A., ya mencionada.

Pero justificar todos los Oscars y grandiosos parabienes que ha recibido esta cinta de parte de la crítica menos crítica es otra cuestión. Acaso, justamente, cuestión de tiempo…

…Aunque, por el momento, reconociendo mi debilidad crítica y mi falta de pundonor y de argumentos, y sintiéndome abrumado ante el éxito inconmensurable de Slumdog Millionaire, señalaré, como un personaje de un antiguo chiste de Forges (El libro de Forges), que...

 

…quiero hacer constar mi total y sincera adhesión a lo que haga falta.