POLANSKI Roman (1933-_)

Rosemary's Baby (La semilla del diablo) (1968: 9.0)

Corría el año 1968, el de Haz el Amor y no la Guerra, pero el joven Polanski ya sabía que hacer el amor era otra forma de guerra y que bajo el “flower power” podía estar oculta la tumba de un niño muerto.

La amenaza y la inquietud, en el mejor Polanski, están siempre latentes. En La semilla del diablo, un médico, el doctor Sapirstein (el actor Ralph Bellamy), es reconocido como uno de los mejores en su campo, pero a la pobre embarazada Rosemary (Mia Farrow) no le convence en absoluto: todos le dicen que Sapirstein es buenísimo pero ella sólo siente más dolores, náuseas y mareos desde que él la trata… ¿A qué viene todo esto? A que Polanski no es un Sapirstein cualquiera. Hay directores a los que grandes cinéfilos señalan como Maestros o Autores Geniales, pero no sabemos muy bien por qué, pues a la hora de la verdad a casi nadie le apetece, sinceramente, ponerse bajo su mandato y meterse en vena una de sus películas. Hay tipos, en suma, cuyo prestigio está muy por encima de sus películas: y por sus obras los conoceréis, ¿no era así?

Con Polanski, vaya, no ocurre como con un Weerasethakul cualquiera, por mencionar un caso escandaloso de director contemporáneo no sólo sobredimensionado sino incomprensible. Por el contrario, siempre se supo que el polaco era un niño prodigio del cine mundial. Un talento puro, como Welles, Hitchcock o Kubrick, como Almodóvar, Tarantino o David Lynch. Sus virtudes, como en los más grandes, eran también sus defectos, pero cada película suya era, ha sido y sigue siendo un acontecimiento cinematográfico. Hay un componente de mórbido placer en cada película de Polanski (sea más o menos buena) del que carecen las obras de muchos famosos popes de la cinefilia-coñazo, no necesariamente pro-tailandesa, aclaro.

Corría el año 1968, decíamos, y Polanski no andaba buscando praderas bajo los adoquines: tenía cosas más importantes, ¡y perturbadoras!, en las que pensar. Nunca se engañó, el gran Polanski, sobre las bondades inherentes a las revoluciones y, como dicen los franceses, “les grands mots” o “palabras grandes” le traían bastante al pairo. Manson, por si fuera poco, cortaría de raíz todo lo que de ingenuo o idealista hubiese podido tener Polanski, que seguro que fue más bien poco.

El terror a los dolores del parto y el horror ante la posibilidad de que el bebé salga raro, inválido o completamente loco están en el origen de la novela de Ira Levin y la película de Polanski. Al igual que la necesidad ontológica de la madre de amar a su hijo, sea éste como sea. Años después, Doris Lessing plasmaría estos mismos miedos en la excelente y tenebrosa novela The Fifth Child, otra semilla de otro diablo. Pero al diablo con el diablo...

Polanski construye y maneja los espacios cinematográficos a su antojo, combinando realismo dramático e irrealidad (cierto expresionismo de pesadilla) con enorme aplomo. En películas de Argento, Lynch o Haneke (tan distintos entre ellos) podemos rastrear la huella original de La semilla del diablo: en los pasillos siniestros, el malestar y la repulsión, en los vecinos extravagantes y la sensación de incomodidad, en los ritos satánicos y la horrible impresión de que casi nada es lo que parece y no podemos confiar en nadie.

Unos años más tarde, películas como El exorcista o La profecía se apuntarían al carro demoníaco, con la diferencia de que, frente a la sutileza e intensidad punzantes de aquel Polanski, esas obras que vendrían detrás tenderían a explicitar la amenaza invisible, la violencia, los gritos y los vómitos. Y una niña vomitando ya está a medio camino entre el terror y el mero asco, asunto ya escasamente polanskiano.